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La envidia no se vuelve virtud porque la bauticemos con diminutivos: no existe «envidia de la buena». La Escritura la presenta como una disposición corrosiva del corazón que entristece ante el bien ajeno, alimenta el descontento y convierte la bendición del prójimo en motivo de amargura. «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos» (Pr.


