unaVidaReformada
unaVidaReformada
samuel hernández clemente
mirando la vida desde la perspectiva de Dios
Envidia corrosiva
La envidia no se vuelve virtud porque la bauticemos con diminutivos: no existe «envidia de la buena». La Escritura la presenta como una disposición corrosiva del corazón que entristece ante el bien ajeno, alimenta el descontento y convierte la bendición del prójimo en motivo de amargura. «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos» (Pr. 14:30). La envidia no solamente mira lo que otro tiene; secretamente desearía que no lo tuviera, porque compara, codicia y juzga que Dios ha repartido mal sus dones. Por eso necesita arrepentimiento, no maquillaje lingüístico: frente a la envidia debemos aprender a «gozarnos con los que se gozan» (Ro. 12:15), agradecer la providencia de Dios y recordar que «¿Quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co. 4:7). El corazón agradecido celebra la gracia de Dios aun cuando esa gracia haya sido derramada sobre otro; el corazón envidioso, en cambio, quisiera que la misericordia divina tuviera cupo limitado, siempre que el privilegiado no sea el prójimo.
Sep 30
54 min
Ponte pilas, sacude la pereza
La pereza es uno de esos pecados que hemos aprendido a considerar casi normales: la disfrazamos de cansancio, la llamamos descanso cuando no lo es, y hasta hacemos bromas con ella; pero que un pecado sea común no lo convierte en inocente. La Escritura amonesta al perezoso porque su negligencia revela un corazón que posterga aquello que Dios nos ha encomendado: «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada» (Pr. 13:4). Por eso, debemos rechazar la cómoda costumbre de aplazar lo que requiere prioridad, urgencia y perseverancia. La diligencia cristiana no consiste en vivir afanados, sino en ocupar fielmente el tiempo y las fuerzas que Dios nos concede, atendiendo primero lo que verdaderamente importa y perseverando hasta cumplir nuestro deber. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Ec. 9:10). No llamemos prudencia a nuestra postergación, ni descanso a nuestra negligencia: cuando Dios nos llama a actuar, la fidelidad también se demuestra levantándonos y haciendo aquello que corresponde.
Sep 24
48 min
AIRES DE GRANDEZA
El orgullo nos hace levantar la mirada sobre nosotros mismos, como si fuéramos suficientes, sabios y dignos de gloria; pero la cruz de Cristo derriba toda altivez y deja al descubierto la miseria de nuestro pecado. Allí contemplamos al Santo humillándose hasta lo sumo, llevando sobre sí la culpa de hombres soberbios y rebeldes. ¿De qué podemos gloriarnos delante de un Salvador crucificado por nuestros pecados? La cruz nos recuerda que no fuimos salvados por nuestros méritos, nuestra justicia ni nuestra dignidad, sino únicamente por la gracia. Por eso debemos abandonar toda arrogancia y aprender a decir con Pablo: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Ante la cruz, el orgullo pierde su corona, el ego queda sin argumentos y el pecador aprende nuevamente a inclinarse; porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).
Sep 22
45 min
El hijo amado, terminó CONDENADO
El Hijo amado del Padre terminó condenado como si fuera el peor de los pecadores. Aquel en quien el Padre se complacía (Mt. 3:17), el Santo, Justo e Inocente, fue llevado ante el tribunal, acusado, despreciado y finalmente sentenciado a muerte. Pero aquí resplandece el misterio glorioso del evangelio: Cristo no fue condenado por sus propios pecados, sino por los nuestros. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6), y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). El Justo ocupó el lugar de los injustos; el Bendito cargó nuestra maldición; el Hijo amado recibió la condena que nosotros merecíamos. El madero no fue un accidente de la historia, sino el altar donde el Cordero voluntariamente entregó su vida por su pueblo. ¡Qué abismo de gracia! El Hijo amado fue condenado para que los condenados pudieran ser recibidos como hijos amados. Por eso, nuestra salvación no descansa en que Dios haya ignorado nuestra culpa, sino en que Cristo la asumió y satisfizo perfectamente la justicia divina. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). La cruz, entonces, no minimiza nuestro pecado: revela cuán terrible era nuestra culpa y cuán inmensa es la gracia que nos alcanzó en Cristo.
Sep 17
49 min
Aquel Cordero MALDITO en el madero
Con frecuencia decimos: «Cristo nos libró del pecado». Y lo decimos correctamente. Pero quizá lo repetimos con tanta facilidad que hemos dejado de estremecernos ante lo que realmente significa.Porque para comprender la grandeza de nuestra salvación necesitamos recordar primero la gravedad de aquello de lo que Cristo vino a librarnos.El pecado no es simplemente un error, una debilidad moral, una mala decisión o una imperfección de carácter. El pecado es rebelión contra el Dios santo. Es desprecio de su autoridad, transgresión de su ley y culpa delante de su justicia. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23). Y esa sentencia no es una exageración divina: es la justa respuesta del Dios infinitamente santo frente a la criatura que se levanta contra Él.Por eso, cuando miramos al Calvario, no deberíamos ver solamente a un hombre bueno siendo injustamente ejecutado. Debemos contemplar algo infinitamente más profundo: al Cordero de Dios cargando con la culpa de su pueblo.«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Sep 15
44 min
Un intercambio disparejo
Hay algo particularmente decepcionante en esos intercambios de regalos en los que uno pone verdadero empeño y termina recibiendo cualquier cosa. Uno escoge algo bueno, quizá costoso, útil o especialmente pensado para la persona que lo recibirá. Lo envuelve con cuidado, lo entrega con alegría y espera, al menos, una cierta reciprocidad. Pero entonces llega nuestro turno: abrimos el paquete y descubrimos algo de segunda mano, algo barato, algo que parece haber sido comprado cinco minutos antes de la reunión… o, en el peor de los casos, algo que uno sospecha que estaba destinado al bote de basura. La sonrisa se vuelve diplomática, el “¡qué bonito!” se convierte en una pequeña obra de teatro y por dentro pensamos: “Yo sí me esforcé”. Porque todos quisiéramos un intercambio parejo: dar algo bueno y recibir algo bueno; entregar algo valioso y recibir algo de valor semejante. La reciprocidad nos parece justa.Pero en el Calvario ocurrió el intercambio más disparejo de toda la historia. Y, paradójicamente, precisamente en esa absoluta desigualdad se encuentra la gloria del evangelio.Cristo dio algo cuyo valor jamás podremos calcular. No entregó simplemente una cosa que poseía; se entregó a sí mismo. El Hijo eterno de Dios, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, tomó nuestra naturaleza, habitó entre nosotros y caminó voluntariamente hacia la cruz. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:2). No entregó las sobras de su gloria, ni una fracción de su dignidad, ni algo que le resultara prescindible. Se dio completamente. “El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El regalo de Cristo no fue algo que pudiera separarse de su persona: fue su propia vida, su propia sangre, su propia obediencia, su propio cuerpo quebrantado bajo el juicio de Dios. Pedro lo expresa con una precisión estremecedora: fuimos rescatados “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19).Ahora bien, si quisiéramos describir este intercambio desde una perspectiva humana, podríamos decir que Cristo lo dio todo y nosotros no dimos absolutamente nada - Pero el intercambio fue todavía más profundo y más terrible - Porque nosotros sí llevamos algo al Calvario. No llevamos una ofrenda digna. No llevamos méritos. No llevamos buenas obras suficientes para equilibrar la balanza. No llevamos una vida moralmente aceptable que pudiera presentarse delante de Dios como parte de pago. Llevamos nuestro pecado. Llevamos nuestra culpa. Llevamos nuestra condenación. Llevamos nuestra maldición.Y Cristo la recibió - Cristo ocupó nuestro lugar bajo el juicio que nosotros merecíamos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El profeta no presenta la cruz como una simple demostración sentimental del amor de Dios, ni como un ejemplo inspirador de sacrificio altruista. Presenta al Siervo cargando aquello que pertenecía a otros. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).Ese es el intercambio disparejo: nuestra culpa fue puesta sobre Cristo y su justicia es puesta sobre nosotros. Nuestro pecado fue imputado a Él y su justicia es imputada al creyente. Nosotros recibimos lo que Él merece; Él soportó lo que nosotros merecíamos. Nosotros recibimos aceptación; Él experimentó rechazo. Nosotros recibimos paz; Él soportó el castigo. Nosotros recibimos vida; Él entregó la suya. Nosotros recibimos bendición; Él se hizo maldición por nosotros.
Sep 13
45 min
De tal manera ama DIOS
Cristo tomó nuestro lugar: el Justo murió por los injustos, cargando sobre sí la culpa que nos correspondía y recibiendo en la cruz el juicio que merecíamos, para que nosotros, unidos a Él por la fe, recibiéramos la justicia que no podíamos producir. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Esta es la gloria de la sustitución penal: Cristo ocupó nuestro lugar para que nosotros pudiéramos ocupar, por gracia, el lugar de los reconciliados con Dios. Él fue condenado para que nosotros fuéramos justificados; murió para que nosotros viviéramos; fue hecho pecado por nosotros “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). De tal manera ama Dios: que no salvó al pecador a costa de ignorar la justicia, sino satisfaciendo la justicia en la cruz de su amado Hijo.
Sep 11
40 min
La luz de la VIDA
Cuando Cristo fue crucificado, «hubo tinieblas sobre toda la tierra» (Mr. 15:33). Aquellas tinieblas no fueron simplemente un fenómeno natural ni un detalle poético del relato; fueron una señal solemne del juicio divino que estaba cayendo sobre el Sustituto. El Hijo inocente estaba siendo tratado como culpable, llevando sobre sí nuestros pecados y soportando la condena que nosotros merecíamos. Isaías había anunciado: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6). En el Calvario, las tinieblas nos permiten contemplar, aunque sea débilmente, la terrible realidad de lo que significa estar bajo la ira santa de Dios. Allí, el Justo fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), y el juicio que merecía nuestra rebelión cayó sobre Cristo.Por eso, cuanto más comprendamos la gravedad de las tinieblas, más apreciaremos la gloria de la Luz. No fuimos rescatados de una oscuridad superficial, de una simple ignorancia intelectual o de una etapa difícil de nuestra existencia; fuimos rescatados «de la potestad de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Cristo mismo declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). La luz de Cristo resplandece con mayor belleza cuando recordamos de qué oscuridad nos sacó: del pecado, de la culpa, de la condenación y de la muerte. La cruz no disminuye la gloria de la Luz; explica el precio con el que fuimos llevados hacia ella.En Cristo, entonces, las tinieblas no tienen la última palabra. Aquel que experimentó las tinieblas del juicio para llevar nuestra condena es quien nos conduce a la luz de la vida. Pedro lo expresa así: Dios nos llamó «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9). ¡Qué contraste glorioso! Las tinieblas hablan del juicio que merecíamos; la cruz habla del juicio que Cristo soportó; y la luz habla de la vida que gratuitamente recibimos en Él. Por eso no debemos contemplar el Calvario con ligereza: cuanto más profundamente entendamos la oscuridad de nuestra condición, más preciosa será para nosotros la luz de Cristo. Él entró en nuestras tinieblas para que nosotros pudiéramos vivir para siempre en su luz.
Sep 8
53 min
Bendita LA LUZ
EL RESPLANDOR DE LA GLORIA, CUBIERTO DE TINIEBLAS.Hay una frase en el relato de la crucifixión que debería estremecernos cada vez que la leemos: «Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena» (Mateo 27:45). Aquello no fue un eclipse, tampoco una anomalía atmosférica, ni es un detalle dramático del paisaje. En la Escritura, las tinieblas aparecen repetidamente como imagen del juicio divino, de la visitación de Dios contra el pecado. Amós había anunciado: «Haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro» (Amós 8:9); y Sofonías describe el día del Señor como «día de tinieblas y de oscuridad» (Sofonías 1:15).Por eso, cuando el Hijo de Dios está clavado en el madero y hubo tinieblas, el Calvario nos está mostrando algo mucho más profundo que oscuridad física: el juicio que nosotros merecíamos estaba cayendo sobre Él. El Justo estaba ocupando el lugar de los injustos. El Santo estaba siendo tratado como culpable. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).Isaías lo había visto siglos antes: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). Cristo no murió solamente por nosotros en el sentido de beneficio; murió en nuestro lugar, como nuestro Sustituto. «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5). Las tinieblas que cubrieron aquella tierra eran, por así decirlo, el telón solemne detrás del cual el Hijo estaba bebiendo la copa de la ira que correspondía a sus elegidos.Y aquí está la gloria del evangelio: las tinieblas fueron sobre Él para que la luz pudiera venir sobre nosotros. Él entró en nuestra condenación para sacarnos de ella; descendió a nuestra miseria para levantarnos a la gracia; llevó nuestro pecado para darnos su justicia. Por eso Pedro puede decir que Dios «nos llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).En el Calvario no venció la oscuridad. La Luz venció entrando voluntariamente en las tinieblas. El juicio cayó sobre el Sustituto, y por eso ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1).Hubo tinieblas sobre la tierra; pero fue allí, precisamente allí, donde comenzó a amanecer para nosotros.
Sep 3
32 min
Helo ahí: LA ROCA inconmovible
Daniel 4 nos conduce hasta una verdad majestuosa: los reinos de los hombres no son eternos, pero el Reino de Dios sí lo es. La imagen que aparece en la visión de Nabucodonosor —la gran estatua que representa la sucesión de los grandes poderes humanos— termina pulverizada ante la intervención de Dios. Aquello que parecía sólido, monumental e invencible queda reducido a polvo. Y esta escena nos recuerda que toda grandeza humana tiene fecha de caducidad cuando pretende ocupar el lugar que únicamente corresponde al Rey eterno. Los imperios levantan estatuas, escriben sus nombres en piedra y se imaginan indispensables; Dios, en cambio, sopla sobre ellos y demuestra que la historia nunca estuvo en manos de los hombres.Y es aquí donde podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?» La respuesta se encuentra en la Roca que destruye la estatua. Daniel 2 —aunque el capítulo 4 reafirma el mismo señorío soberano de Dios sobre Nabucodonosor— describe esa Roca «cortada, no con mano» que golpea los pies de la estatua y desmenuza todos los reinos, hasta convertirse en un gran monte que llena toda la tierra (Dn. 2:34-35). Esa Roca representa el Reino que Dios mismo establece y que jamás será destruido (Dn. 2:44). Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que Cristo es presentado precisamente como la Piedra, la Roca sobre la cual Dios establece su obra definitiva: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Mt. 21:42).Cristo es la Roca eterna porque Él no pertenece a la categoría de los poderes pasajeros de este mundo. Su Reino «no es de este mundo» (Jn. 18:36), pero esto no significa que sea irrelevante para el mundo. Significa que su origen, naturaleza y autoridad no proceden de este sistema caído. Su Reino viene de Dios y, precisamente por eso, reclama autoridad sobre todos los mundos: sobre el mundo visible y el invisible, sobre las naciones y los individuos, sobre la historia y la eternidad, sobre la vida y la muerte. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Cristo no vino para solicitar una pequeña parcela religiosa dentro de la realidad humana; vino como Soberano Señor de los mundos.
Aug 29
43 min
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