Horizonte
Horizonte
Seminario Interdiocesano María, Madre de la Divina Providencia
Viernes de la I semana de Cuaresma
11 minutes Posted Mar 3, 2023 at 8:00 am.
0:00
11:15
Download MP3
Show notes

Ezequiel 18, 21-28

“Ahora bien, si el malvado se convierte de todos sus pecados cometidos, guarda todos mis mandamientos y se comporta recta y honradamente, ciertamente vivirá y no morirá…”

-  Jeremías comenzó a indicar que existe también un “pecado personal”, es decir, que cada uno es responsable de sus acciones en primera persona. Ezequiel prosigue en esta misma línea superando las afirmaciones de Jeremías. Ezequiel profetiza que cada uno decide con su comportamiento su propio destino, el Dios de la vida no se complace en la destrucción de los hombres, sino que espera y, en cierto sentido, suscita la conversión de cada uno. El Señor brinda a cada uno la posibilidad de una vida nueva e indica el camino de la salvación, que como cualquier otro camino exige esfuerzo y perseverancia. Si el “pecador” debe cambiar radicalmente, el “justo” debe optar continuamente por obrar de acuerdo con la voluntad del Dios; nadie es “justo” de una vez por todas, sino que uno va haciendo “justo” día tras día adhiriéndose al Señor.

Mateo 5, 20-26

“Todo el que se enoje con su hermano será llevado a juicio, el que lo llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín y el que lo llame impío será condenado al fuego entero”

-  Jesús exige a los suyos, como condición para entrar en el Reino de los Cielos, una justicia mayor que supere la de los escribas y fariseos. Jesús pide más porque da lo que pide: esta es la novedad radical. Ya no se trata de limitarse a observar minuciosamente preceptos y evitar prohibiciones, sino comenzar desde el corazón, donde nacen las motivaciones profundas de nuestro actuar. El culto también exige pureza, no solo de condiciones externas, sino pureza de un corazon pacifico y pacificador, que no tolera las divisiones en las relaciones fraternas y por consiguiente debe dar el paso a la reconciliación con el hermano como premisa para la comunión con el Señor.

A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?

Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”. Y también: “¡No nos cansemos de hacer el bien!”. Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: “Señor yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella”. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!  (S.S. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 100-101).