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Hay un extraño fenómeno que ocurre cada octubre: las redes se llenan de frases en latín, imágenes de Lutero sosteniendo una Biblia, y coros virtuales de “Sola Scriptura” y “Soli Deo Gloria”. Es hermoso… pero también un poco trágico. Porque para muchos, la Reforma se ha convertido en eso: un evento estacional, un desfile teológico que pasa con las hojas del otoño.La Reforma Protestante no fue una campaña publicitaria de una iglesia queriendo ser visible en medios - fue un despertar espiritual - y si somos verdaderamente reformados— aquel "volver a la vida" debe seguir avivándonos todos los días del año.Ser reformado no es colgar una cita de Calvino, Lutero, Zwinglio, o tu reformador favorito el 31 de octubre, sino vivir de tal manera que el Soli Deo Gloria sea el himno de cada respiración. La Reforma auténtica comienza en el corazón cuando la Palabra de Dios, empuñada por el Espíritu, destruye nuestros ídolos más refinados y reconstruye nuestro pensamiento, nuestro carácter y nuestras prioridades sobre el fundamento de Cristo.El apóstol Pablo lo dijo sin metáforas: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos



