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Vivir como ciudadanos del cielo y conciudadanos de los santos implica una tensión entre nuestras responsabilidades terrenales y nuestra identidad eterna. Como peregrinos en este mundo, mantenemos nuestra mirada fija en Cristo, mientras cumplimos fielmente nuestra misión de ser embajadores de Su reino. 1. Nuestra ciudadanía está en los cielosEl apóstol Pablo declara con claridad: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 2. Estamos exiliados en Babilonia, Sodoma y Egipto.La Biblia usa las figuras de Babilonia, Sodoma y Egipto para describir el mundo en su rebelión contra Dios: Babilonia representa la frivolidad y el materialismo, una sociedad enfocada en el lujo y el placer (Apocalipsis 3. Rogamos por la paz de la ciudadJeremías escribió a los exiliados en Babilonia: “Procurad la paz de la ciudad a la cual os hice llevar cautivos, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 4. Obedecemos a Dios antes que a los hombres.Cuando las leyes humanas entran en conflicto con la ley divina, los cristianos deben obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5. Nuestra nación necesita a CristoEl mundo, con sus sistemas, valores y estructuras, está lejos de los propósitos de Dios. Sin embargo, la esperanza del evangelio es que Cristo es la única solución para la transformación de las naciones (Mateo A los cristianos, nuestra ciudadanía celestial nos plantea el imperativo de vivir con un sentido de propósito eterno. Cada decisión que tomamos, cada acción que realizamos en esta tierra debe estar impregnada del anhelo de glorificar a Dios y de hacer visibles los valores del reino en este mundo.



