Radio Maria Argentina
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Vida Eucarística: entre luz y sombra
https://radiomaria.org.ar/_audios/90337.mp3 07/05/2025 – Estamos en la semana del discurso del Pan de Vida. Jesús, después de multiplicar los panes, no solo sacia un hambre física. Nos invita a mirar más profundo: Él es el Pan que no se termina, el que da vida verdadera. OraciónSeñor Jesús,vos sos el Pan de Vida.La presencia escondida que da fuerza en medio de la noche.Cuando todo falta, vos estás.Cuando no hay palabras, tu silencio habla.Cuando el mundo se encierra, vos abrís caminos. Queremos aprender a vivir de tu Eucaristía:descubrir que en un rincón oscuro puede brotar la luz,creer que tu presencia transforma la tristeza en esperanza. Que nunca nos falte el deseo de encontrarte,ni la valentía de llevarte a otros.Que el amor nos vuelva creativosy tu Pan nos haga testigos. Jesús,que tu vida en nosotros sea semilla que crece,pan que se parte,luz que permanece.Amén. Evangelio del díaSan Juan 6,35-40 Jesús dijo a la gente:«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí Yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió.La voluntad del que me ha enviado es que Yo no pierda nada de lo que Él me dio, sino que lo resucite en el último día.Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en Él, tenga Vida eterna y que Yo lo resucite en el último día». ¿Dónde el Señor te invita hoy a tener una mirada más profunda?Cuando estás cansado… acercate igual. Cuando todo parece igual… creé en su Palabra. Cuando no sabés qué hacer… pedí luz para discernir. Cuando te falta fuerza… Él no te abandona nunca. La Eucaristía: Pan que transforma No es cualquier pan.Es pan pascual. Pan de resurrección. Pan que transforma. “El que coma de este Pan vivirá para siempre” (Jn 6,51) Al recibir a Jesús, no solo lo llevamos dentro…nos volvemos como Él.Nos hacemos don, nos hacemos amor, nos hacemos pan. Testigos en la sombra: Van Thuan y la Eucaristía clandestina En una cárcel de Vietnam, en pleno aislamiento, el obispo Van Thuan celebraba la Eucaristía con unas gotas de vino en la palma de su mano.Conservaban al Santísimo en bolsitas hechas con papel de cigarrillos.A escondidas, pasaban la Comunión y adoraban en silencio por turnos, en plena oscuridad. Y así, la cárcel se volvió luz.Se multiplicaron las conversiones, se bautizaron nuevos cristianos.La Eucaristía, aún escondida, transformó corazones. Lo que transforma no es el lugar… es el amor“Sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios.”– San León Magno Allí donde hay amor donado, hay cielo.Donde se vive desde la entrega, hay eternidad.Donde se parte el pan, nace la esperanza. Jesús te dice: Yo SoyNo sos fotocopia.No estás de más.Tu vida tiene sentido.¡Dale una oportunidad a la Vida!Jesús te recuerda que estás llamado a vivir y dar vida. Consigna del día ¿Dónde te pide hoy el Señor tener más fe?¿Dónde necesitás dejarte transformar por su presencia?Pedile el don de quererlo más:querer ir, querer compartir, querer recibirlo. Para terminar… No busques a Jesús solo por necesidad.Buscalo por amor.Él es el Pan que sacia tu hambre más profunda.Pedile hoy un corazón convencido. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Vida Eucarística: entre luz y sombra se publicó primero en Podcast.
May 7, 2025
55 min
Desde la raíz a todo lo demás
https://radiomaria.org.ar/_audios/90238.mp3 05/05/2025 – Después de la multiplicación de los panes, la multitud sigue buscando a Jesús. Pero Él los invita a mirar más allá del milagro material y descubrir el verdadero alimento que solo Él puede dar. Jesús quiere llevarnos más profundo: desde lo visible a lo esencial, desde el pan temporal al Pan de vida.Daría la sensación de que, pasada la alegría pascual, se nos acabaron los relatos fuertes. Ya no está la tumba vacía, ni los encuentros sorpresivos con el Resucitado. Pero no es así. La liturgia no se quedó sin textos, se quedó con lo más importante: con la mirada nueva que da la Pascua. Ahora, cada gesto, cada palabra de Jesús, cada milagro, cada enseñanza… lo vemos desde otro lugar. Desde la luz de la resurrección. Eso es lo que pasa con el Evangelio de hoy. El pueblo busca a Jesús porque les dio de comer. Pero él les dice: “Trabajen no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna”. San Juan 6,22-29 Reflexión: ¿Por qué buscamos a Jesús? Tras la alegría de la Pascua, pareciera que la intensidad del relato baja. Pero en realidad, la mirada cambia. Ahora cada palabra de Jesús se ilumina desde la Resurrección. Es el tiempo de volver al centro, de pasar del entusiasmo pasajero al seguimiento profundo. La gente buscaba a Jesús porque les había dado de comer. Pero se habían olvidado del fuego que encendió su palabra en sus corazones. Jesús los invita a volver al origen. Hoy, también nosotros necesitamos recordar ese primer momento en que nos enamoramos de Él, en que su mirada nos alcanzó y su amor nos transformó.¿Te acordás cuándo sentiste por primera vez que Jesús te hablaba directamente a vos? Cristo es nuestra raíz: origen, alimento y fecundidad El amor como origen Todo nace del amor de Dios.Cristo no nos amó porque hiciéramos cosas buenas, sino que nos amó primero (cf. 1 Jn 4,16).Esa es nuestra raíz: Su amor gratuito, desbordante, inmerecido. “Jesucristo, nuestra Pascua, ha resucitado. Él es nuestra raíz.” La fe como alimento La fe es más que una idea: es vida, alimento, impulso.No basta con sobrevivir… Cristo quiere que tengamos vida eterna.Hoy, cuando todo parece moverse rápido, Jesús nos ofrece algo que permanece. ¿Qué te da esperanza hoy?¿Cómo la resurrección de Cristo transforma tus dificultades? Cristo como fuente de frutos La fe verdadera da frutos, incluso en la herida.Jesús no es solo consuelo: es raíz fecunda. Si nos unimos a Él, aun el dolor puede convertirse en semilla de vida nueva. “El que cree en mí, tiene vida eterna.” – Jn 6,47 ¿Por qué buscás a Jesús? Jesús nos interpela con amor:¿Me buscás solo por lo que puedo darte o por lo que soy para vos?Como nos enseña el Papa Francisco: “No seamos espectadores de la fe, sino discípulos con el corazón decidido y generoso.” El seguimiento de Jesús no es solo devoción, es transformación. Es una respuesta libre, confiada, viva.Volvé a tu raíz. Recordá ese primer llamado. Renová tu «sí». Oración del día: Desde la raíz a todo lo demásOraciónSeñor, en cada paso, mostranos tu Camino.En las dudas, revelanos tu Verdad.En el cansancio, regalános tu Vida.En nuestra ansiedad por saberlo todo, enseñanos a confiar.En la impaciencia por llegar, ayudanos a permanecer.En el deseo de control, despertá nuestra docilidad.En el silencio, hablá a nuestro corazón.En el encuentro con tu Palabra, hacenos crecer.En nuestras decisiones, guiá nuestros pasos.En la búsqueda de sentido, hacete presente.Te pedimos por el cónclave que se prepara, que sea obra tuya y no nuestra.Por el futuro pastor de la Iglesia, que sea un hombre según tu corazón.En nuestra vida entera, que seas el centro, Jesús.En vos, Señor. Con vos, siempre.Amén. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Desde la raíz a todo lo demás se publicó primero en Podcast.
May 5, 2025
56 min
Encontrar a Dios en lo cotidiano
https://radiomaria.org.ar/_audios/20250430CAT.mp3 30/04/2025 – ¿Dónde está Dios en medio de tus tareas diarias? Con esta pregunta miremos nuestra vida desde una perspectiva nueva: la de la fe encarnada en lo simple, en lo concreto de cada jornada. Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. Dios no se esconde, se manifiesta A veces creemos que para encontrarnos con Dios tenemos que retirarnos del mundo o esperar momentos extraordinarios. Pero hoy la catequesis nos recuerda algo fundamental: Dios se manifiesta en lo ordinario. En el desayuno que preparás con amor, en el colectivo que tomás todos los días, en el cansancio del trabajo bien hecho, en la ayuda que ofrecés a tu familia o vecinos. Todo puede ser oración Cuando cada gesto cotidiano lo ofrecés con amor, se convierte en oración. No hace falta estar en un templo para estar en presencia de Dios. Basta con vivir el día con fe, con una intención interior de entrega, de servicio, de amor. Cada gesto, cada esfuerzo, puede ser una ofrenda. Y es que todo lo que vivís puede ser parte de tu diálogo con Dios. Una invitación para hoy Hoy el Señor te invita a reconocerlo en lo sencillo. A descubrir que el Reino de Dios comienza en lo pequeño, en lo que muchas veces pasamos por alto. ¿Y si hoy ofrecés tus tareas como una oración silenciosa? ¿Y si tu rutina se convierte en camino de santidad? Oración del díaJesús, que sepa encontrarte en lo cotidiano.Que descubra tu presencia en cada momento simple de mi día.Dame un corazón que sepa ofrecer todo con amor.Amén. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Encontrar a Dios en lo cotidiano se publicó primero en Podcast.
Apr 30, 2025
8 min
¿Cómo puede ser esto? La pregunta que abre a la fe
https://radiomaria.org.ar/_audios/20250429CAT.mp3 29/04/2025 – Nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, a renacer de lo alto como nos propone el Evangelio de San Juan. A través del diálogo de Jesús con Nicodemo, recordamos que la vida cristiana no es solo un hecho pasado, como el bautismo recibido en la infancia, sino un llamado permanente a dejarnos transformar por el Espíritu en cada paso del camino. Lectura del Evangelio según San Juan 3, 7b-15 Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.» 1 – Renacer de lo alto: vivir desde el bautismo Jesús le dice a Nicodemo: “Tienen que renacer de lo alto”. Esto no se refiere solamente al bautismo como sacramento del pasado, sino a una forma de vivir cada día. Ser cristiano no es haber sido bautizado una vez, sino vivir desde el bautismo. Es permitir que nuestra identidad de hijos de Dios nos renueve constantemente. El renacer de lo alto es un estilo de vida: es mirar cada jornada como una nueva oportunidad de dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. ¿Vivís tu bautismo como una novedad diaria o como un rito que quedó en el pasado? 2 – Dejarse guiar por el Espíritu Santo El viento sopla donde quiere, dice Jesús. Así es el Espíritu: libre, imprevisible, lleno de sorpresas. No podemos encerrarlo en estructuras ni domesticarlo con nuestras seguridades humanas. El Espíritu Santo nos impulsa, nos mueve, nos hace salir. Nos invita a vivir una fe dinámica, abierta, que se anima a lo nuevo. Como a María, que se puso en camino; como a los apóstoles, que fueron enviados a todo el mundo. ¿Te animás a dejarte llevar por el soplo del Espíritu, aunque no sepas bien hacia dónde te conducirá? 3 – No tener miedo: confiar más allá del «¿cómo?» Nicodemo pregunta: “¿Cómo puede ser esto?” Y cuántas veces nosotros también nos detenemos ahí. Nos paraliza el «cómo». Queremos garantías antes de caminar. Pero el camino del Evangelio no se recorre desde el control, sino desde la confianza. El Papa Francisco nos recuerda que lo opuesto al amor no es solo el odio, sino el miedo. Ese miedo que nos detiene, nos hace mirar desde la sospecha y no desde la fe. ¿Qué miedos te impiden avanzar? ¿Te animás a caminar aun sin tener todas las respuestas? 4 – Creer: no sólo admirar a Jesús, sino adherirse a Él Nicodemo admiraba a Jesús, pero Jesús le pide algo más: creer. No basta con reconocerlo como un gran maestro. Él es el Hijo de Dios. Y el creer no es algo intimista o puramente interior. Es unirse a Él, dejarse transformar, entrar en su corazón y desde allí, ser enviados. El que cree se pone en camino. El que cree no se guarda a Jesús para sí, lo anuncia, lo contagia, lo vive. ¿Tu fe es de admiración o de adhesión? ¿Jesús es una idea para vos o una persona viva con la que caminás? 5 – Mirar la cruz para vivir la vida eterna desde ahora Jesús dice que el Hijo del Hombre debe ser levantado, como la serpiente en el desierto. Así es la cruz: el lugar donde todo parece terminar, pero donde en realidad empieza todo. Desde allí brota la vida eterna, no como algo que comienza cuando morimos, sino como una plenitud que arranca en el bautismo. La cruz nos recuerda que la vida cristiana es pascual: tiene momentos de sombra, pero está llena de luz. La fe nos hace caminar en esa luz, aun cuando no lo entendamos todo. ¿Estás caminando en la sombra o dejás que Cristo, luz del mundo, ilumine tu vida? Conclusión Hoy el Señor te llama por tu nombre, como llamó a Nicodemo. Te pregunta: ¿cómo estás viviendo tu fe? ¿Cómo te dejás guiar por el Espíritu? No tengas miedo de hacerle preguntas a Dios. Él las acoge y te responde con amor. Renová tu confianza, dejá que el Espíritu te empuje hacia una vida nueva. Porque la fe no es solo creer, es caminar, es vivir y es anunciar. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar: Catequesis anteriores. La entrada ¿Cómo puede ser esto? La pregunta que abre a la fe se publicó primero en Podcast.
Apr 29, 2025
52 min
Dejar que el Señor Resucitado pronuncie nuestro nombre
https://radiomaria.org.ar/_audios/89796.mp3 22/04/2025 – El Señor nos visita resucitado. Y quiere encontrarse con nosotros así como estamos, con lo que nos pasa, con lo que tenemos entre manos, con lo que sentimos. Podemos quedar desconcertados al principio, pero la gracia de este encuentro nos lleva a abrazar lo mucho y nuevo que se abre en nuestra vida hacia adelante. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras. Juan 20,11-18.  MUJERES QUE BUSCAN Y MIRAN El corazón hace referencia a la totalidad de la persona, a su centro original e íntimo, a lo que hay de más interior y total, a aquella dimensión profunda que orienta el deseo y la búsqueda:«Yo dormía pero mi corazón estaba en vela (…) Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y plazas buscando al amor de mi alma…» (Cant 5,2; 3,3).Es ese apasionamiento el que se desborda en la gama de emociones que reflejan los textos:«Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado…» (Mc 16,6)«…llenas de miedo y gozo» (Mt 28,8)«…quedaron espantadas (…), temblando y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie (Mc 16,4.8)«Estaban desconcertadas (…) y recordaron sus palabras…» (Lc 24,4.8)«María estaba frente al sepulcro, fuera, llorando (…)Le dice Jesús:-Mujer, ¿por qué lloras?,¿a quién buscas? (…)Le dice Jesús:-¡María!Ella se vuelve y le dice en hebreo:¡Rabbuni!» (Jn 20.11.15-169) Los ojos expresan hacia fuera todo ese mundo interior y lo conectan con la realidad; por eso la mirada de alguien es reveladora de lo que hay en ella de más profundo y auténtico.«¿Habéis visto al amor de mi alma?» (Cant 3,2) pregunta la muchacha del Cantar, con la naturalidad con que el que ama da por supuesto que todas las miradas serán atraídas por el que se ha adueñado de la suya. «María Magdalena y María de José observaban dónde lo colocaban» (Mc 15,42-47)«Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás para observar el sepulcro y cómo habían colocado el cadáver» (Lc 23,55)«Alzaron la vista y observaron que estaba corrida la piedra» (Mc 16,4)«Va María Magdalena al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro» (Jn 20,1)«…se inclinó hacia el sepulcro y ve dos ángeles vestidos de blanco» (Jn 20,11)«…se vuelve y ve a Jesus de pie» (Jn 20,14)«…vieron un joven vestido con un hábito blanco» (Mc 16,5)«…quedaron espantadas, mirando al suelo» (Lc 24,5)«Mirad el lugar donde lo habían puesto» (Mc 16,6)«…irá por delante a Galilea; allí lo veréis» (Mt 28,7)«…volvieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles» (Lc 24,24) «Llega María anunciando a los discípulos: He visto al Señor (Jn 20,18)A través de sus sentimientos y de su mirada descubrimos lo que «habita» la interioridad profunda de estas mujeres: aquello que buscan, recuerdan y miran está absolutamente polarizado en Jesús a quien llevan grabado «como un sello sobre su corazón, como un sello sobre su brazo» (Cant 8,6) Su imagen, grabada en el cristalino de sus ojos, está para ellas presente en cualquier realidad. Estuvieron «mirando de lejos» al crucificado y han quedado fascinadas por él (cf. Gal 3,1)Su ausencia ha despertado en ellas el deseo y la búsqueda y ha integrado todos sus afectos: temor, desconcierto, gozo, llanto…, no tienen otro centro de atracción más que él. Si no hay en ellas esperanza de resurrección y van a ungir un cadáver, la intensidad de un amor «fuerte como la muerte» (Cant 8,6) va a conducirlas a la fe.  MUJERES QUE ESCUCHAN Y ANUNCIAN La dimensión expresiva reside, ante todo, en la capacidad de escucha simbolizada por los oídos. «Oigo a mi amado que me llama…» (Cant 5,2) Su otra vertiente, el decir, hablar, anunciar, contar… se atribuye a la boca, la lengua o los labios y la comunicación humana surge de la necesidad de revelar la propia intimidad, de compartir con otros lo que se piensa, se siente, se experimenta. Por eso, aunque el Cantar celebra el amor de una pareja, la fuerza expansiva de ese amor introduce a otros muchos (las «muchachas de Jerusalén», los amigos del novio) en su celebración, como si necesitara contar cada uno lo que admira y descubre del otro. ¿Qué oyeron las mujeres en aquella mañana del primer día de la semana? ¿Qué voces, qué palabras, qué llamadas, qué imperativos…? «No temáis.. Acercaos…id corriendo a decir…» (Mt 28,7)«¡Alegraos! No temais; id a anunciar…» (Mt 28,10)«No os espanteis. Id a decir… (Mc 16,6-7)«Recordad lo que os dijo…» (Lc 24,6)«Ve a decir a mis hermanos…» (Jn 20,15) ¿Cuál fue su respuesta?  «…corrieron a anunciar a los discípulos» (Mt 28,8)«…se volvieron del sepulcro y se lo anunciaron todo a los once y a todos los demás…” (Lc 24,10)«…unas mujeres de las nuestras (…) volvieron diciendo que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como lo habían contado las mujeres…» (Lc 24,23-24)«Llega María anunciando a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto.” (Jn 20,18)»Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1 Jn 1,3) Ellas anuncian lo que han visto y, sobre todo, lo que han escuchado. Acceden al conocimiento a través del oído, más receptivo y menos posesivo que la vista. María Magdalena «ve» a Jesús pero su mirada resulta insuficiente y solo al escuchar su voz lo reconoce. Y es la fuerza de esa palabra acogida en la fe la que las empuja a contar, a comunicar, a hacer llegar a otros lo escuchado. Hay un murmullo en los relatos, un «rumor de ángeles» que nace de las que ahora están encarnando a la «mensajera de buenas noticias» de Is 40,9. Como los pastores de Belén, «cuentan» lo que han visto y oído y van tejiendo una red de comunicación que vincula, por primera vez, al Resucitado con los suyos y desembocará también en la fe y en la alabanza. (Lc 2,19-20). No importa que su anuncio cree sobresalto, que nos las crean y escuchen sus palabras «como un delirio» (Lc 24,11). «Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Es centella de fuego, llamarada divina…»(Cant 8,7)  MUJERES QUE CORREN LLEVANDO PERFUMES El hacer y el actuar humanos se expresan a través de las manos y también de los pies que definen comportamientos, costumbres, «caminos». «Mis manos destilan perfume de mirra» (Cant 5,5), podrían decir lo mismo que la novia del Cantar, las mujeres que se dirigían de madrugada al sepulcro. Pero, cuando en vez de un cadáver encuentran al Viviente, sus manos sueltan los perfumes para abrazar sus pies (Mt 28,9; Jn 20,17) «…compraron perfumes para ir a ungirlo.» (Mc 16,1) «…prepararon aromas y ungüentos (…) fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados». (Lc 24,1) «Ellas se acercaron, se abrazaron a sus pies y se postraron ante él» (Mt 28,9)«!Llévame contigo, correremos…!» (Cant 1,4)Como María al encuentro de Isabel, como los pastores corriendo al pesebre, como Zaqueo bajando del árbol, como el padre al encuentro del hijo perdido, como los de Emaús volviendo a Jerusalén: cuando el corazón «está en ascuas», el ritmo vital se contagia de ese fuego y hace los pies ágiles y fácil la carrera:  «…id corriendo a anunciar…Ellas se alejaron deprisa del sepulcro y corrieron…» (Mt 28,7-8)«Salieron huyendo del sepulcro…» (Mc 16,8)«…María Magdalena llega corriendo adonde estaban Simón Pedro y el otro discípulo…» (Jn 20,1-2)Hasta el marco temporal refleja esa urgencia que nace del apasionamiento: todo sucede de madrugada, en ese momento en que también la luz está anticipándose al día:«El primer día de la semana, muy temprano, llegan al sepulcro al salir el sol» (Mc          16,1)         «…al despuntar el alba del primer día de la semana» (Mt 28,1)«El primer día de la semana, de madrugada…» (Lc,24,1)«…yendo de madrugada al sepulcro» (Lc 24,24)«El primer día de la semana, muy temprano, todavía a oscuras…» (Jn 20,1)Estamos en clima de vigilia pascual y no es tiempo de dormir sino de velar en medio de la oscuridad de la noche. Los perfumes son las lámparas encendidas que iluminan su espera (Mt 25,7), y por eso hay preparativos, impaciencia, urgencia de adelantarse al amanecer. Es la primera mañana de la nueva creación y las tinieblas del caos primitivo están a punto de dejar paso al resplandor del lucero de la mañana. (2Pe 1,19)  ¡QUEREMOS BUSCARLE CON USTEDES! (Cant 6,1) ¿Cómo buscar nosotros al Resucitado con Magdalena, María, Salomé, las otras…? ¿Cómo hacer de su historia «nuestra historia»? Vamos a tratar de aprender sabiduría de estas mujeres a las que, con lenguaje del AT, podemos llamar hayil, «mujeres de recursos», lo mismo que Rut (3,11) y que la mujer ensalzada en el libro de los Proverbios (Pr 31,10) y reconocer en ellas su capacidad de afrontar los acontecimientos con sabiduría y audacia. La realidad que se describe en los relatos como precediendo a la Pascua tiene el nombre dramático de muerte, fracaso, decepción de todas las expectativas. Todos los discípulos, tanto hombres como mujeres, pensaron a lo largo de todo aquel sábado que solo les quedaba un cadáver en un sepulcro. Las palabras desalentadas de los de Emaús «Nosotros esperábamos… pero…» reflejan una situación de pérdida de esperanza que quizá es también la nuestra en un tiempo en el que hablamos de ausencia de Dios, de exceso de dolor, de tumbas vacías de esperanza. También nosotros podemos sentirnos como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas.  También nosotros podemos reaccionar: «llorando y hacer duelo» (Mc 16,10) «cerrando las puertas por miedo…» (Jn 20,19), La piedra es demasiado grande para nuestras fuerzas, el orden internacional demasiado injusto, la violencia demasiado arraigada, la presencia creyente irrelevante, la Iglesia demasiado temerosa… Por eso la tentación puede ser «prolongar el sábado», refugiarnos en una espiritualidad evadida, permanecer en una parálisis inerte. O tomar caminos de vuelta a Emaús que alejan de los sepulcros y de los crucificados y tratan de escapar no solo de su dolor sino también de su memoria.Pero hay en la mañana del «primer día de la semana» un camino alternativo: el de quienes, entonces y ahora, echan a andar «todavía a oscuras» y se acercan a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria. Como intentaban borrar algo de su rastro aquellas mujeres a fuerza de perfumes. Saben que no pueden mover la piedra pero eso no les detiene. Son conscientes de la fragilidad y la desproporción de lo que llevan entre las manos, pero esa lucidez no apaga el incendio de su compasión ni hace su amor menos obstinado. Quizá no viven todo eso desde la plenitud de la fe, ni le ponen el nombre de esperanza a sus pasos vacilantes en la noche. Pero hacen ese camino abiertos al asombro, apoyados en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuestos a dejarse sorprender por una presencia oscuramente presentida.Los evangelios de Pascua «están de su parte». Se lo dicen, nos lo dicen a todos, esas mujeres que irrumpen de nuevo en nuestros cenáculos anunciando: «¡Hemos visto al Señor!» De ellas recibimos la buena noticia: el Viviente sale siempre al encuentro de los que le buscan, los inunda con su alegría, los envía a consolar a su pueblo, los invita a una nueva relación de hermanos y de hijos.El va siempre delante de nosotros, palabra de mujeres. Galilea es la encrucijada de todos nuestros caminos. Fuente: MUJERES EN EL SEPULCRO, Dolores Aleixandre RSCJConsignaMujeres que nos regalaron y regalan el Evangelio de Cristo VIvo La entrada Dejar que el Señor Resucitado pronuncie nuestro nombre se publicó primero en Podcast.
Apr 22, 2025
53 min
Miércoles Santo: La traición de Judas
https://radiomaria.org.ar/_audios/89619.mp3 16/04/2025 –  ¿Cómo se llega a la traición? ¿Cómo se puede producir este misterio? Por el deseo desmedido de un interés material. Dos razones ubicamos en este lugar, la desmedida manera de vincularnos frente a los bienes y la falta de trato con el amigo Jesús. Jesús muestra el camino del servicio Judas entiende sólo el camino del poder. Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús. Mateo 26,14-25. La traición de Judas ¿Cómo se llega a la traición? Primero por el deseo desmedido de intereses materiales: el dinero, que lleva al poder y a la vida egoísta, complaciente y sensual. Y en segundo lugar, por la falta de trato con el amigo, que me deja y me mantiene en la ignorancia, y al no conocer bien el valor del amigo: de lo que es, de lo que vale, de lo que tengo con su trato, de lo que me hace vivir, no le hago aprecio y entonces, sin dificultad, lo vendo o lo abandono. Hoy vemos a Judas vendiendo a Jesús. : « Entonces, uno de los doce, llamado Judas, se fue a los príncipes de los Sacerdotes y les dijo: « ¿Qué están dispuestos a darme, si se los entrego? » Ellos se ajustaron con él en treinta siclos de plata  Dice el libro del Exodo en el capítulo 21, versículo 32: « si el buey cornea, dando muerte, a un siervo, se pagarán 30 siclos de plata al dueño del siervo y el buey morirá apedreado ». Es decir, Judas se convierte por este convenio de venta, en 30 siclos, en el dueño y amo de Jesús y Jesús en su siervo. No le importa que muera por la « cornada » de la crucifixión, por la que recibirá el precio de un siervo muerto, las 30 monedas. La relación de amistad la ha convertido en la relación más baja y humillante para el ser humano: la de dueño y esclavo. Judas, dueño. Jesús, su esclavo.Y todo debido a la actitud de Judas: deseo desmedido de dinero, como nos lo relataba San Lucas en la escena de Betania, cuando Jesús cenaba con sus amigos y María ungió los pies de Jesús con un perfume caro, a la usanza de la época. Judas comentó: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por 300 denarios para dárselo a los pobres? Esto lo dijo, añade San Lucas, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón: y como tenía la bolsa, llevaba lo que iban echando ». El dinero y el poder, a Judas lo llevaron a la traición. El afán desmedido por el dinero, por el tener con avaricia, el gozar materialmente, sin límites, el prestigio me pueden hacer traición, y quedarme como un despojo de un mundo despiadado, sin amistad, la de verdad, claro, y ver cómo me quedo solo, marginado, olvidado, cuando mi situación es adversa.Tan sólo se quedó Judas, sin el amigo, que no lo pudo soportar, porque el dinero no es amigo, es tirano… y se ahorcó. Un amor que se da sin esperar nada a cambio Jesús va hacer suya esta Pascua judía. Será su Pascua. Esta cena no será una cena improvisada. Jesús ha previsto todo hasta en los últimos detalles. Será la nueva Alianza de la Humanidad con Dios. Su liberación del pecado y de la muerte eterna y empezará el hombre a vivir una nueva vida y será eterna. «Llegada la tarde, se puso a la mesa con los doce discípulos y mientras comía, dijo: «Uno de ustedes me va a entregar». Muy entristecidos y consternados comenzaron a preguntarle uno tras otro: «¿soy yo acaso, Señor? Jesús respondió: «El que conmigo ha mojado el pan en la misma fuente, ese me va a entregar». Jesús hace un gesto de comunión, de amistad, al tender la fuente a Judas para que moje el primero su pan. Es un gesto simbólico de reconocimiento, de aprecio, de amistad. Por parte de Jesús no hay ninguna condena, sino el ofrecimiento de su amistad, porque «Él nos amó primero», como dice San Juan. Y nos ama y nos acoge tal como somos y tal como estamos en cada momento; como nos sentimos: mediocres, débiles, marginados, traidores. Ponete delante del Señor, en este tiempo privilegiado de esta Semana Santa, como lo hizo María: con sencillez, con humildad, con abandono en sus manos y como María deci: «Hágase en mi según tu palabra». Déjate perdonar para que empieces a vivir de nuevo, con una mayor realidad y sinceridad la amistad con Jesús, para que experimentes, para que sientas que te quiere como sos y como estás. Basta ya de traiciones grandes o pequeñas, porque la traición nunca es pequeña o grande; la traición es siempre traición. Es Judas el que se cierra al amor y a la amistad, porque el deseo exagerado de dinero ha endurecido su corazón. Es él, el que se excluye, al rehusar la mano tendida de su amigo Jesús. Jesús estaba habituado a «comer con pecadores», como se le ha reprochado a menudo. Y en esta noche de la cena Pascual, tampoco ha rechazado a un traidor. Es Judas, quien se separa de Él, porque en realidad de verdad, le conoce poco. Estaba con Él, pero su corazón estaba muy lejos de Él. Trabajaba con el grupo de los discípulos de Jesús, pero estaba con ellos con espíritu y actitud de jornalero, como le ocurría al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Judas, si con ellos trabajaba era quizás, porque en el grupo de amigos de Jesús, encontraba comida, protección, techo para dormir, compañía y dinero, porque no dominaba la atracción por el dinero y hasta robaba de la bolsa común del grupo de apóstoles. No conocía, ni trataba mucho a Jesús. Estaba con Él, pero vivía lejos de Él. Es la segunda causa en su vida y puede ser también en la nuestra, por la que abandonamos o vendemos a Jesús: la falta de trato y conocimiento del amigo, que me mantiene en la ignorancia y en la falta de experiencia vivida, y al no conocer bien el valor de la amistad: de lo que es, de lo que vale, de lo que me enriquezco en el trato con este amigo, de la vida abierta y esplendorosa que me hace vivir, entonces, sin dificultad lo vendo o lo abandono y lo critico. «¿Soy acaso yo, Maestro?», le dijo Judas. «Tú lo has dicho». Eres tú quien lo has dicho…. Eres libre, y eres tú quién decides, porque sin libertad es imposible el amor. Todavía, Judas, tienes tiempo de aceptar esta mano amiga, que le tiende Jesús. Pero Judas, endurecida su mente y su corazón por el dinero y la falta de trato con el amigo, y así sólo, amargado, decepcionado de sí mismo, arrojará más tarde los treinta siclos de plata por el suelo del templo y se ahorcará, desesperado. No conoció al amigo. No supo lo que era la amistad, que es el amor más perfecto. Consigna: Realidades humanas que no tienen precios en donde se repite la traición de Judas La entrada Miércoles Santo: La traición de Judas se publicó primero en Podcast.
Apr 16, 2025
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Martes Santo: El misterio del traidor
https://radiomaria.org.ar/_audios/89566.mp3 15/04/2025 – El martes Santo en el capítulo 13 del Evangelio de San Juan se relata el momento más doloroso de la última cena: la traición de Judas. El texto bíblico refiere a este acontecimiento describiendo un sentimiento de Jesús, “está conmovido”. La conmoción es la tensión que se produce entre sentimientos contrarios, por un lado está la luminosidad de aquella noche fraterna compartida con amigos en la memoria de una Pascua liberadora y por otra parte este sentimiento doloroso de sombra, de tiniebla, de oscuridad, que trae la traición que se mete dentro de la misma convivencia fraterna. Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús.Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere». El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?».Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer».Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres.Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’.Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás».Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti».Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces». Juan 13,21-33.36-38. El misterio del traidor Juan nos dice que Jesús, profundamente conmovido, declaró: “les aseguro que uno de ustedes me va a entregar” (13,21). Juan habla tres veces de la «turbación» o «conmoción» de Jesús: junto al sepulcro de Lázaro (cf. 11,33.38); el «Domingo de Ramos», después de las palabras sobre el grano de trigo que muere, en una escena que remite muy de cerca a la hora en el Monte de los Olivos (cf. 12,24- 27) y, por último, aquí.Son momentos en los que Jesús se encuentra con la majestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinieblas, un poder que Él tiene la misión de combatir y vencer. El anuncio de la traición suscita comprensiblemente al mismo tiempo agitación y curiosidad entre los discípulos. «Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba en la mesa a su derecha. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Jesús le contestó: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”» (13,23ss).Tal como está aquí, la respuesta de Jesús es totalmente clara. Pero el evangelista nos hace saber que, a pesar de ello, los discípulos no entendieron a quién se refería. Podemos suponer por tanto que Juan, repensando lo acontecido, haya dado a la respuesta una claridad que no tenía para los presentes en aquel momento. En 13,18 nos pone sobre la buena pista. En él Jesús dice: «Tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”» (Sal 41,10; cf. Sal 55,14). Éste es el modo de hablar característico de Jesús: con palabras de la Escritura, Él alude a su destino, insertándolo al mismo tiempo en la lógica de Dios, en la lógica de la historia de la salvación. Estas palabras se hacen totalmente transparentes después; queda claro que la Escritura describe verdaderamente su camino, aunque, por el momento, permanece el enigma. Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero posteriormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos. Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos y, de este modo, «cumplir la Escritura». Él se revela como el verdadero sujeto de los Salmos. La Luz vence las tinieblas El sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo, ha escrito Pascal (cf. Pensées, VII, 553). Podemos expresarlo también desde el punto de vista opuesto: en aquella hora, Jesús ha tomado sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las miserias de la historia. Juan no da ninguna interpretación psicológica del comportamiento de Judas; el único punto de referencia que nos ofrece es la alusión al hecho de que, como tesorero del grupo de los discípulos, Judas les habría sustraído su dinero (cf. 12,6). Por lo que se refiere al contexto que nos interesa, el evangelista dice sólo lacónicamente: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (13,27). Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento.La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús. Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dramática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sentido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53) Fuente Bibliográfica: Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret II, c. 3Consigna: Presencias luminosas que vencen las tinieblas La entrada Martes Santo: El misterio del traidor se publicó primero en Podcast.
Apr 15, 2025
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Lunes Santo: amar sin medidas
https://radiomaria.org.ar/_audios/89515.mp3 14/04/2025 –  Es lunes santo, hoy el evangelio es Juan 12,1-11.. Jesús se encuentra en la casa de sus amigos en Betania. María, sorprende con un gesto que desconcierta a todos, unge lo pies de Jesús y los seca con sus cabellos. Es la expresión de quien ve atravesada su vida por un amor que la hace hacer algo inesperado. El amor, cuando atraviesa nuestra vida, nos hace hacer cosas que van más allá de lo razonable. La Semana Santa es un amor sin medidas con el que Dios sale a nuestro encuentro, llevándolo a Jesús a entregar Su vida por nosotros en la cruz. Juan 12,1-11. Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: “¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”. Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: Los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. En este relato evangélico hay un gesto para poner la atención: María de Betania, “tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos” (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón. María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, “se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos” (Jn 13, 4-5), para que —dijo— “también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (v. 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: “Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume” (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz. Amor es darse todo Cuanta una historia que un hombre estaba tras el mostrador, mirando la calle distraídamente.Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul. * “Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien bonito?”. -dijo ella.El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó:* ¿Cuánto dinero tienes? Sin dudar, sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz:* “¿Esto alcanza?”.Eran apenas algunas monedas las que exhibía orgullosa. * “¿Sabe?, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es su cumpleaños y estoy segura que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos” El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. * “Tome, dijo a la niña. Llévelo con cuidado”.Ella salió feliz, corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una linda joven entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó: * ¿Este collar fue comprado aquí? “¿Cuánto costó? * “Ah!”, – habló el dueño del negocio. “El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente”. * La joven exclamó: * “Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo”. El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven y le dijo: * “Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: ELLA DIO TODO LO QUE TENÍA”. El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio. La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no conoce límites para los gestos de ternura. Agradece siempre, pero no esperes el reconocimiento de nadie. Gratitud con amor no sólo reanima a quien recibe, reconforta a quien ofrece. El amor no conoce de egoísmos “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12, 7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su “hora”, la “hora” en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse “haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2, 8). San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, nos dirige a cada uno, con palabras apremiantes, la invitación a entrar en este circuito de amor, imitando el gesto de María y situándonos concretamente en el seguimiento de Jesús. Escribe san Agustín: “Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor” (In Ioh. evang., 50, 6). Fuente Bibliográfica: Homilía Benedicto XVI, 29 de Marzo de 2010 La entrada Lunes Santo: amar sin medidas se publicó primero en Podcast.
Apr 14, 2025
Día 26: Contemplación para alcanzar amor
https://radiomaria.org.ar/_audios/89471.mp3 11/04/2025 – Llegamos al final de los Ejercicios Ignacianos. San Ignacio nos introduce en la contemplación para alcanzar amor teniendo en cuenta cuanto amor nos ha tenido el Señor invintándonos a hacer memoria agradecida. Hoy nos vamos a detener en el cuarto punto viendo cómo Dios escribe derecho sobre renglón torcido La contemplación para alcanzar amor (EE 230-237) es una recapitulación de la experiencia de los Ejercicios, que ha sido un encuentro personal con Cristo nuestro Señor, en el que él nos ha manifestado su voluntad y nos ha llamado a un servicio y a un seguimiento más de cerca. Podríamos decir que el fin de esta contemplación es el de todos los Ejercicios, según un texto primitivo de las Constituciones de la Compañía de Jesús, redactadas por San Ignacio: “aclararse más la inteligencia y calentarse en el amor de Cristo nuestro Señor y hacerse más ferviente en las operaciones exteriores e interiores” (Const. Parte 3, capítulo 3, n. 6 del texto a). Por eso su título es “para alcanzar amor”: se entiende, a Cristo nuestro Señor. La contemplación comienza con dos advertencias. “La primera es que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”: no es que no se de también en las palabras y en las otras manifestaciones más afectivas; pero se da “más en las obras” y a las obras hay que prestar sobre todo atención, tanto cuando se quiere juzgar del amor de Dios que nos tiene, como del amor que nosotros tenemos a Dios; y en las obras no hay posibilidad de engaño.Es un principio evangélico:Mateo 7, 21-27: “No todo el que me diga… sino el que haga”.1 Juan 3, 18: “No amemos de palabra… sino con obras”. Santiago 1, 22-25”: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos”.Romanos 2, 13: “No son justos… sino los que la cumplen”. Como dice San Ignacio: “el amor se ha de poner más en las obras” (EE 230). De aquí la importancia que tiene, en orden a demostrar nuestro amor a Dios, lo que él, durante estos Ejercicios, me ha pedido… y espera que yo haga en su servicio, al salir de los Ejercicios. La segunda advertencia es que el amor mutuo consiste en comunicación de las dos partes; es, a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede; y así por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, y así el otro al otro” (EE 231). La contemplación para alcanzar –o sea, aumentar- el amor de Dios consiste, pues, en considerar lo que él me ha dado (“lo que tiene o de lo que tiene o puede…”), para moverme a mí a darle, a mi vez, lo que tengo o de lo que tengo o puedo. Y debo, por así decirlo, tanto agudizar mi vista –con la gracia de Dios- para ver lo que él me ha dado, como para darme cuenta de lo que yo le puedo dar a él: por ejemplo, mi elección, mi reforma o enmienda de vida… EE 75: “Considerar cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.”. EE 46: Pedir gracia para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente en servicio y alabanza de su divina Majestad”. EE 232: Composición de lugar “que aquí es ver cómo estoy delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, de los santos intercediendo por mí”. Sobre la intercesión constante del Señor, cf. Heb 7, 25, con nota de BJ; Rom 8, 24, con nota de BJ; 1 Juan 2, 1. EE 233: Pedir lo que quiero: “será aquí pedir conocimiento interno (como el que pedíamos, durante la Segunda semana, de Cristo) de tanto bien recibido, para que enteramente reconociéndolo, pueda en todo amar y servir a su divina Majestad”. EE 234: “Traer a la memoria los beneficios recibidos de creación (recordar el Principio y fundamento), de redención (recordar la Primera semana y los demás dones particulares (de la Segunda a la Cuarta semana); y entre estos, la elección y reforma de vida, ponderando (con mi entendimiento) con mucho afecto (o sea, con el corazón) cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí (y, a través de mí, por quienes me rodean, viven y trabajan conmigo y por los demás), y cuánto me ha dado de lo que tiene (y puede) y consiguientemente el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación (plan o designio)”. En su carta a los estudiantes de Coimbra (llamada de la perfección) dice san Ignacio: “Sobre todo quería os excitarse el amor puro de Jesucristo, y deseo de su honra y de la salud de las ánimas que redimió, pues sois soldados suyos con especial título y sueldo. Sueldo suyo es todo lo natural que sois y tenéis, pues os dio y conserva el ser y la vida, y todas las partes y perfecciones de ánima y de cuerpo y bienes externos. Sueldo son los dones espirituales de su gracia, con que liberal y benignamente os ha prevenido y os continúa (dándolos), siéndole contrarios y rebeldes. Sueldos son los inestimables bienes de su gloria, la cual sin poder él aprovecharse de nada, os tiene aparejada y prometida, comunicándoos todos los tesoros de su felicidad para que seáis, por participación eminente de su divina perfección, lo que él es por esencia y naturaleza. Sueldo es, finalmente, todo el universo y lo que en él es contenido corporal y espiritual(mente), pues no solamente ha puesto en nuestro ministerio (o servicio) todo cuanto debajo del cielo se contiene, pero toda aquella sublimísima corte suya, sin perdonar ninguna de las jerarquías celestes, que “todos son espíritus servidores, destinados a servir en bien de aquellos que han de recibir la herencia de la salvación” (Heb 1, 14, con nota de BJ). Y si por todos estos sueldos no bastasen, sueldo se hizo a sí mismo, dándosenos por hermano en nuestra carne, por precio de nuestra salud en la cruz, por mantenimiento y compañía de nuestra peregrinación en la eucaristía (Santo Tomás, laudes del oficio del Santísimo Sacramento). ¡Oh, cuánto es mal soldado a quien no bastan tales sueldos para hacerle trabajar por la honra de tal príncipe! Pues cierto es que por obligarnos a desearla y procurarla con más prontitud, quiso su Majestad prevenirnos con estos tan inestimables y costosos beneficios, deshaciéndose en cierto modo de la felicidad perfectísima de sus bienes para hacernos exentos de ellas; queriendo ser vendido para rescatarnos, infamado para glorificarnos, pobre por enriquecernos, tomando muerte de tanta ignominia y tormentos para darnos vida inmortal y bienaventurada (cf. Flp 2, 6-8). ¡Oh cuán demasiado es ingrato y duro quien no se reconoce con todo esto muy obligado a servir diligentemente y a procurar la honra de Jesucristo! Por resumirme en pocas palabras, que si bien miráis cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos, veríais cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por hacernos instrumentos idóneos de la divina gracia para tal efecto; especialmente habiendo tan pocos operarios que “no busquen su interés, sino el de Jesucristo” (Flp 2, 21), (pienso) que tanto más debéis esforzaros por suplir en lo que otros faltan, pues Dios os hace gracia” (ibid., n. 4). “Y con esto reflectir en mí mismoconsiderandocon mucha razón y justicialo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a su divina Majestad,es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas,así como quien ofrece afectándose mucho:Tomad, Señor y recibidtoda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,todo mi haber y mi poseer.Vos me lo disteis,a vos, Señor, lo torno:todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;dadme vuestro amor y gracia,que esta me basta.” La ingratitud es, para san Ignacio, el peor vicio.Como dice en una carta a Rodrigues (carta 15), considero, salvo juicio mejor: “En su divina bondad, la ingratitud ser cosa de las más dignas de ser abominada delante de nuestro Creador y Señor, y delante de las criaturas capaces de su divina y eterna gloria, entre todos los males y pecados imaginables, por ser ella desconocimiento de los bienes, gracias y dones recibidos, causa, principio y origen de todos los males y pecados; y por el contrario, el conocimiento y gratitud de los dones y bienes recibidos, cuánto sea amado y estimado así en el cielo como en la tierra.” Incluso los males que el Señor, en su providencia, permite que padezcamos son señales del amor de Dios por nosotros. Dios escribe derecho en líneas torcidas, pues “mi fuerza se muestra en la flaqueza” (2 Cor 12, 9). “Por tanto, me seguiré gloriando en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.” Segundo y tercer punto de la contemplación Todo el comienzo (desde “la mirada del Señor”, hasta el tema), como en el primer punto. Puede convenir recapitular un poco este primer punto: “sin divagar, discurra por la reminiscencia (o recuerdo) de las cosas en los momentos en que he sentido mayor consolación o mayor sentimiento espiritual” (EE 62). 1. “El segundo punto, mirar cómo Dios habita en las criaturas;en los elementos materiales, dando ser,en las plantas vegetando,en los animales sensando,en los hombres dando a entender;y así en mí,dándome ser, animando, sensando y haciéndome entender,asimismo haciendo templo de mí,siendo creado a similitud e imagen de su divina Majestad. Otro tanto reflictiendo en mí mismo,por el modo que está dicho en el primer punto(“Tomad, Señor, y recibid…”),o por otro modo que sintiere mejor” (EE 235). ¿Quién habita en mí y en las criaturas?Por supuesto, puedo responder que Dios o la Trinidad. Pero también puedo responder que Jesucristo habita en mí y en las criaturas, porque lo que se afirma de Dios se puede afirmar de Cristo (y viceversa). Juan 1, 14 (con nota de BJ): “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (la BJ pone: “puso su morada”, como lo había hecho Yahveh en la tienda luego en el templo, 1 Rey 8, 10 con nota de BJ; y la Sabiduría en el pueblo de Dios, por la Ley). Todo el prólogo de san Juan es una aplicación a Cristo de lo que había sido para el pueblo de Dios, primero la Ley –por Moisés- y, luego, la Sabiduría. Por eso, todo lo que el Antiguo Testamento había dicho de la Ley y de la Sabiduría ahora se ha de decir de Cristo: es vida, luz, gracia y verdad, camino. Efesios 3, 17-19: “Cristo habite por la fe en vuestros corazones”. Y san Ignacio, en diversos lugares de sus Constituciones, nos habla de esta presencia de Cristo: Const. 250 (“considerando unos a otros, alaben a Dios nuestro Señor (o sea Jesucristo), a quien cada uno debe procurar reconocer en el otro como en su imagen”), Const. 288 (“en todas las cosas que hagan, buscar a Dios nuestro Señor”). Y en la carta a Brandao (Carta 65, n. 6), dice que: “Se pueden ejercitar en buscar la presencia de Dios nuestro Señor (o sea, de Jesucristo) en todas las cosas que hacen, así como en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y todo lo que hicieren, pues es verdad que está.” Recordar a este propósito lo que se dijo acerca de la mirada del Señor: si nos acostumbramos a esta compañía o presencia del Señor, “no lo podréis –como dice santa Teresa (Camino de Perfección capítulo 26 n. 1)- echar de vos”. 2.“El tercer (punto),considerar cómo Dios trabaja por míen todas las cosas creadas sobre la haz de la tierra;es decir, al modo de uno que trabaja.Así como en los cielos,elementos,plantas,frutos,ganados, etcéteradando ser,conservando,vegetando,y sensando, etcétera,Después, reflectir en mí mismo (como en los puntos anteriores:“Tomad, Señor, y recibid…”)” (EE 236). Ahora bien, ¿quién trabaja por mí? Como en el punto anterior, podemos decir que es Jesucristo el que trabaja por mí, porque lo que se dice del Hijo de Dios se puede decir de Cristo (y viceversa). Además, en el texto coloniense de los Ejercicios, dejado en Colonia por el beato Fabro, dice, en este tercer punto de la contemplación para alcanzar amor, que hay que “considerar a Jesús, que trabaja……Si leemos con detención los puntos segundo y tercero de la contemplación para alcanzar amor, veremos que ambos se ………… nuestro Señor dando. Quiere decir que es difícil hablar de la presencia de Dios sin hablar de su acción.Dios es un Dios activo y no puede hacerse presente sin manifestar su presencia por medio de su acción en nuestro favor. En otros términos, se puede meditar, a la vez, el punto segundo y el punto tercero de la contemplación para alcanzar amor. Existe en el Antiguo Testamento un concepto –que los Setenta expresaban con la palabra griega “gloria”-, que es la presencia maravillosa de Dios (“habita”, que se manifiesta externamente entre los hombres (“trabaja”).A esta gloria de parte de Dios responde, de parte del hombre, el darle gloria; o sea, como dice san Ignacio, el reconocimiento de esta presencia activa de Dios. En el Antiguo Testamento, esta expresión (la gloria del Señor) se asocia a las grandes acciones –gestas, maravillas- de Dios: “Yo manifestaré mi gloria a costa del faraón y de todo su ejército. […] Sabrán los egipcios que yo soy Yahveh, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, sus carros y sus jinetes” (Éx 14, 4.18). Especialmente esta manifestación se da en el arca o tienda del encuentro (cf. Éx 40, 34: “la gloria de Yahveh llenaba la morada”) y en el templo (cf. 1 Rey 8, 11: “la gloria de Yahveh llenaba la casa de Yahveh”). Ezequiel ve cómo esta gloria retorna en un nuevo templo mesiánico (que será Cristo y su Iglesia), según Ez 43, 2-11, como se ve en Isaías, que nos habla de teofanía universal (cf. Sal 97 [96], 6: “Todos los pueblos ven su gloria”). En el Nuevo Testamento, mientras Lucas prefiere reservar el término “gloria” para la ascensión o para la vuelta definitiva de Jesús (cf. Lc 9, 26: “cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”, cf. Lc 24, 26: “¿No era necesario que Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria?”; cf. Hech 7, 55: “Pero él –Esteban-, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente el cielo y vio la gloria de Dios, y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”), Juan lo aplica a la misma vida de Jesús (Jn 1, 14: “Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo”), pero sobre todo a sus milagros o signos –sólo narra siete- (cf. Jn 2, 11: “manifestó su gloria”). Pablo, en cambio, que en sus cartas no habla sino de la muerte y resurrección del Señor, en un solo sitio dice que “Jesús murió y que resucitó” (1 Tes 4, 14), como si lo hubiera hecho por su propio poder, pero en otros pasajes atribuye la eficacia de la resurrección al Padre, autor del plan salvífico: “Dios Padre lo resucitó de entre los muertos” (Gál 1, 1; 1 Tes 1, 10, etc.). Pero por Rom 6, 4 sabemos que lo que llevó a cabo la resurrección de Jesús fue “la gloria del Padre”, que fue “su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, sentándolo a su diestra en los cielos y bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo” (Ef 1, 19-23). La gloria que recibió del Padre llegó a ser su poder: poder de crear una nueva vida en aquellos que habrían de creer en él. En virtud de este principio dinámico, Pablo comprueba que ya no es él quien vive, sino que es Cristo quien vive en él (Gál 2, 20). En la segunda Carta a los corintios, Pablo habla de la gloria efímera del rostro de Moisés (2 Cor 3, 7: “la gloria de su rostro, aunque pasajera”), como prueba de que la gloria del Antiguo Testamento debía dejar paso a la gloria mucho mayor y permanente (“habita”) del Nuevo Testamento: aquella gloria no es nada en comparación con esta gloria sobreeminente (2 Cor 3, 10). La economía mosaica tuvo su gloria y constituyó una obra maravillosa del poder de Dios. Pero ha tenido que dejar el lugar a la economía del Nuevo Testamento, mucho más gloriosa porque debe permanecer (“habita”). Jesús es el espíritu vivificador de la nueva Alianza, contrario a “la letra que mata” (2 Cor 3, 6). Al hacernos cristianos somos configurados según la imagen de Cristo por su Espíritu que trabaja en nosotros, Espíritu que es el mismo Jesús: estamos unidos a él y somos capaces, con su ayuda (“trabaja” porque “habita” en nosotros) de avanzar hacia una mayor perfección hasta que lo contemplamos tal como es. Sólo el pecado, al alejar la presencia íntima de Dios, priva al hombre de la gloria de Dios. Todo lo dicho se refiere tanto al “habita” como al “trabaja”, de los que habla san Ignacio en la contemplación para alcanzar amor. Pero sobre todo al “trabaja” porque la gloria de Dios es la manifestación externa de su poder salvífico, de su “trabajo” a favor de los hombres. El “habita” es un presupuesto de este “trabajo”. Cuarto punto de la contemplación Todo el comienzo (desde la “mirada del Señor” hasta el tema), como en el primero, el segundo y el tercer punto. Puede convenir recapitular los puntos anteriores, “notando y haciendo pausa en los momentos en que he sentido mayor consolación o mayor sentimiento espiritual” (EE 62 y 64). 1.“El cuarto punto,mirar como todos los bienes y donesdescienden de arriba,así como la mi medida potenciade la suma e infinita de arriba(o sea, de Dios nuestro Señor);y así la justicia, bondad, misericordia, piedad(y las otras virtudes que concretamente veo en mí,o que he visto durante estos Ejercicios), etcétera,así como del sol descienden los rayos,de la fuente salen las aguas, etcétera.Después, acabar reflictiendo en mí mismo,Según está dicho en los puntos anteriores(“Tomad, Señor, y recibid…”)” (EE 237). Hay un progreso del primero al cuarto punto. Se comienza considerando los bienes y dones recibidos. Luego, se considera que está Dios en ellos y que “trabaja” (hablando a nuestra manera). Por último, que en el donante –que está arriba- el don está en una medida suma e infinita, mientras que en nosotros está a mi medida, pero siempre con posibilidad de aumentar. Si en el primer punto miramos sobre todo al pasado, pues hablamos de los dones y bienes recibidos, en el segundo y tercer punto miramos al presente; y, en el cuarto punto, apuntamos sobre todo al futuro, esperando siempre más. Si en los tres primeros puntos miramos hacia abajo –hacia nosotros-, en el cuarto punto miramos hacia arriba, hacia la fuente de todos los bienes. Aunque se habla de bienes y dones, no se deben excluir los males, que Dios convierte en bienes.“Dios –dice el refrán popular- escribe derecho con líneas torcidas.” Podemos agradecer eso “derecho” que Dios saca de nuestros males: tentaciones e incluso pecados. “¡Oh feliz culpa –dice la Iglesia en el pregón pascual –que tal Redentor nos mereció!” Es claro que Dios no quiere el pecado y, sin duda, aborrece el mayor de todos ellos, el homicidio de su Hijo. A pesar de ello, sorprende la repetida afirmación de las Escrituras de que la pasión y muerte de Cristo estaban escritas y que era preciso que tuviesen lugar (cf. Hech 2, 23). Así, pues, la muerte de Cristo había sido prevista y planeada por Dios Padre. Naturalmente, el pecado es algo que debemos odiar y evitar. A pesar de ello, podemos alabar y agradecer incluso por nuestros pecados propios –cuando nos hemos arrepentido-, porque él sacará gran provecho de ellos. En esta misma línea, la Iglesia, en un éxtasis de amor, canta en la liturgia pascual: “¡Oh necesario pecado de Adán!”. Y san Pablo dice expresamente a los romanos: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. ¿Qué diremos, pues? ¿Qué debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo!” (Rom 5, 20; 6, 1). Se trata de algo que difícilmente osaríamos pensar: agradecer y alabar a Dios incluso por nuestros pecados. ¡Cuánto más por nuestras tentaciones y desolaciones, por nuestras falsas consolaciones y hasta por los defectos de nuestro temperamento o por los pecados capitales, fuente de tantos pecados, defectos e imperfecciones! Aunque en realidad no se trata tanto de agradecer y alabar a Dios por nuestros pecados, cuanto de hacerlo por lo derecho que él escribe en ellos –como dijimos más arriba-: ¡Dios escribe derecho con líneas torcidas! Debemos dar gracias a Dios por esto derecho que él escribe con nuestras tentaciones y desolaciones, con nuestras falsas consolaciones y hasta con nuestros defectos temperamentales o con los pecados capitales, fuente de tantos pecados actuales, defectos e imperfecciones. Casi siempre –por no decir siempre- ignoramos esto derecho que él escribe en nuestras líneas torcidas. Pero debemos creerlo con fe en la providencia de Dios, para quien “ninguna cosa es imposible” (Lc 1, 37) y quien “en todas las cosas –aun en las malas nuestras- interviene para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rom 8, 28, con nota de BJ). Así que en la contemplación para alcanzar amor, no sólo hemos de considerar los bienes y dones recibidos directamente, sino los escondidos en nuestros males y pecados, tentaciones y falsas consolaciones e incluso pecados capitales. Existe un mal, implícito en los bienes que recibimos: estos, como dice san Ignacio, son limitados y esta limitación la experimentamos como un mal. Debemos aceptar como de la mano de Dios nuestro Señor nuestras limitaciones, que son nuestras debilidades, en las cuales se manifiesta mejor “la fuerza de Cristo. Por eso –dice San Pablo- me complazco en mis flaquezas, pues cuando estoy débil entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). Decía el beato Fabro (Memorial nn. 197 ss.): “En la primera misa del día de Navidad como me sintiese enteramente frío antes de la comunión, y me doliese que en mí no estuviese mejor dispuesta mi habitación para recibir al Señor, me sobrevino un movimiento de espíritu bastante vivo en que, con sentimiento interno de devoción que llegó hasta las lágrimas, tuve esta respuesta: que Jesucristo venía al establo y que, si estuvieras fervorosísimo, no verías aquí la humanidad del Señor, porque espiritualmente corresponderías menos a la definición de un establo. Consoleme pues con el mismo Señor porque se dignase venir a una casa tan fría. Yo quería que estuviese mi casa muy adornada para consolarme con ella; pero vi en qué condiciones estaba el Señor alojado en el establo de Belén, y con esto me consolé. Ojalá se me conceda, de aquí en adelante, que ya que no pueda ver en mí aquel modo, aquella forma, aquella disposición que quisiera yo tener para con el mismo mi Dios y mi Jesús, o su Madre, o sus santos, ojalá mientras esto por justa causa se me niega, se me conceda ver y sentir la disposición, forma y modo en que él está conmigo. Hasta ahora yo siempre he puesto más empeño en procurar un conocimiento tal que me hiciese sentir cuál es el ornato de ellos, cuando ponen en mí sus ojos, o me aman, o me sufren, o me ayudan. Yo siempre he andado a buscar revestirme de devoción y de otros cualesquiera aderezos con que pudiese atraerlos a ellos, es decir, a Dios y a los santos hacia mí y hacerme amable a ellos y agradable; pero no he buscado también cómo ir hacia ellos, atraído por ellos, lo cual sería muy fácil, dado que podía contemplar los bienes que en sí tienen y con los cuales son en sí tan amables y agradables. Denme el Padre todopoderoso y el Hijo y el Espíritu Santo gracia para que sepa y pueda y quiera procurar y pedir a un mismo tiempo dos cosas: a saber, ser amado de Dios y de sus santos, y amar a Dios y a sus santos. De aquí en adelante más cuidado he de poner en lo que es mejor y más generoso y que yo menos he hecho, es a saber, más querer amar que ser amado. Y por eso he de buscar con más diligencia aquellas señales que me puedan mostrar que amo, que no las que me muestran que soy amado. Y estas señales serán los trabajos por Cristo y por el prójimo, conforme aquello que dijo Cristo a san Pedro: ¿Me amas más que a estos? Apacienta mis ovejas. Atiende, pues, a ser primero Pedro, para que después seas Juan, el cual es más amado y en quien está la gracia. Hasta ahora has querido ser primero Juan y después Pedro. Hasta ahora he andado yo muy solícito en procurar aquellos sentimientos de los cuales puede tomarse algún indicio de ser uno amado de Dios y de sus santos; pues lo que más quería entender era cómo se habían respecto de mí. Y esto no es malo; antes es lo primero que ocurre a los que cambian hacia Dios; o por decirlo mejor, tratan de hacerse a Dios propicio. Porque no se ha de suponer inmediatamente a los principios, y mucho menos antes del principio de nuestra conversión se ha de creer que el mismo Dios y su Cristo y toda aquella celestial compañía están respecto de nosotros aplacadísimos y nada enojados; pero ni aun cuando estén aplacados cuanto a los que es amenazarnos con penas eternas, se ha de pensar que por consiguiente tampoco ya nos amenazan con obras ningunas de penitencia, habiendo dicho el Señor de Pablo, aun después de escogido como vaso de elección, “Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. Solemos, pues, no procediendo mal, en los principios de nuestro vivir bien, andar principalmente solícitos de contentar a Dios en nosotros mismos, preparándole habitación corporal y espiritual, en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Hay, sin embargo, cierto tiempo –cual sea, sola la unción del Espíritu Santo a cada uno de los que van rectamente aprovechando se lo enseña-, en el que nos concede y se nos exige que no queramos ni procuremos tan principal y primeramente ser amados de Dios, sino que nuestro principal empeño debe ser amarle a él, esto es, que no andemos averiguando cómo se ha respecto de nosotros, sino cómo se ha él en sí y en las otras cosas, y qué es lo que en las cosas absolutamente le agrada o desagrada a él. Aquello primero, que hemos dicho, era traer a Dios hacia nosotros; mas esto otro es llevarnos a nosotros mismos hacia Dios. En aquello primero buscamos que él se acuerde y tenga cuidado de nosotros, mas en esto segundo procuramos acordarnos de él y poner nuestra solicitud en lo que a él agrada. En el primer procedimiento consiste la vida de perfeccionarse en nosotros el temor verdadero y la reverencia filial; en el segundo, la de la perfección de la caridad. Denos, pues, Dios a mí y a todos, los dos pies sobre los que nos debemos apoyar cuando caminamos por esta escala que nos conduce a Dios: verdadero temor y verdadero amor. Hasta ahora me parece que el temor ha sido para mí el pie derecho, y el amor el izquierdo. Ahora ya deseo que el amor sea el derecho y el principal, y el temor vaya siendo el izquierdo y menos principal.” Contemplativo a la vez en la acción (EE 230) “Contemplativo a la vez en la acción” es una frase en la que Nadal ha querido expresar la gracia de oración que había alcanzado san Ignacio, que estaría al alcance de todos los que siguen su espiritualidad y que también se podría manifestar con las palabras –usadas, según testimonio del mismo Nadal, por el mismo san Ignacio- de “encontrar a Dios en todas las cosas”. 1.Este gozar de la contemplación en toda acción ha sido descripto por Santiago de Milán, un clásico medieval de las espiritualidad franciscana, en los siguiente términos: “Si un hombre estuviera bien embriagado del amor de su Creador, no buscaría, en todas las cosas, sino servir solícitamente a su Creador con toda diligencia y perfección; y negando la raíz, en la medida de lo posible, la propia voluntad, trataría de alcanzar, con la vehemencia de su animo, lo que más creyera agradar a Dios; y así, en todo y por todo, buscaría, no lo suyo, sino lo de Jesucristo (Flp 2, 21), olvidándose, en cierta manera, de sí mismo, para acordarse solamente de Dios. Este hombre, por el fervor y la magnitud o inmensidad del amor, no distinguiría mucho –como creo- entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que, de cualquier modo y en cualquier tiempo pudiera discernir lo que más le agrada a su Creador, enseguida intentaría hacerlo, tendiendo a Dios con todo el deseo de su ánimo. Pues cuanto más las criaturas se reducen a Dios, tanto más se unen mutuamente entre sí. Porque quien todo lo reduce a lo uno común – lo cual hace quien nada busca en todas las cosas sino prestar honor a Dios, para el cual todas las cosas han sido creadas y al cual todo se ordena-, y todo lo junta en el único Creador –lo cual es verdad cuando todo lo coloca en Dios, y en todas las cosas solamente mira a Dios-, siempre suspira, siempre anhela en todas las cosas no ver sino a Dios, y se enciende y abrasa del todo en servir a su Dios en todas las cosas.¡Oh hombre feliz, que tendría una vida contemplativa con la activa! Porque así tendería al Señor, como Marta, pero de manera de no apartarse, como María, de los pies del Señor, tratando de conformarse a los espíritus angélicos que, sirviéndonos a nosotros, no dejan la contemplación divina. Pues, ¿qué es esto –es decir, atender al Señor- sino, cuando atiende a un sano, cuando visita a un enfermo o lo sirve, ver siempre en ellos al Señor, y gozar de Dios en el prójimo? Cuando sirve al prójimo, no como hombre, sino como a Dios en el hombre. Todo lo refiere siempre a Jesús, quien dice: “Lo que hicisteis a uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Y así, cuando ve en el lecho al prójimo enfermo, le parece que ve a Cristo; y por eso nada de lo que hace por los enfermos y desolados le parece difícil para sí, sino que todo lo juzga dulce, todo suave, todo amable, cuando así atiende a Cristo en el prójimo. Por lo tanto, con todo el empeño del ánimo tratemos de alcanzar esta gracia. ¿Quién, por lo demás, tendrá horror de un leproso, evitará a un enfermo, será indiferente ante un desolado, si ve en ellos a Cristo, pensando que más podemos allí merecer y agradar a Dios que si atendiéramos al mismo Cristo?Y si no podemos, hermanos, prestar nuestros servicios a todos los necesitados -porque son muchos los indigentes- por lo menos démosles a todos nuestra compasión, y en todos considerémoslo a Cristo en la tierra, al mismo no lo tendríamos en el cielo. Oye lo que él mismo nos dice: “Estaba enfermo, y no me visitasteis, etcétera. Id, malditos, etcétera” (Mt 25, 42. 44). Y bien sabéis que estas no son palabras mías, sino de la inefable verdad. Temamos, por tanto, hermanos, esta sentencia, nosotros que tantas veces miramos con indiferencia a uno de esos pequeños en los que está Cristo. No le interroguemos ni le digamos: “¿Dónde yaces? ¿Dónde descansas al mediodía?” (Cant 1, 6), porque ya conocemos el lugar: él yace en donde están los enfermos, y no nos resta sino prestarle auxilio. Oíd, os ruego, mi consejo, y no miréis lo que yo hago. El que quiere, como dije tener una vida contemplativa con la activa, de manera que contemple a su Señor en todas las cosas que hace, me parece este es un camino breve y bueno; es decir, que recogiéndose totalmente entre en su corazón, y penetrando en lo íntimo del mismo se transforme en Dios, de manera que nada vea ni sienta sino a Dios; y entonces, de algún modo así deificado y transformado en Dios, a cualquier parte se vuelva, nada considerará sino a Dios, y cualquier cosa que haga, no estimará hacerlo por un hombre, sino sólo por Dios. Y mientras viva así,en todas las cosas verá a Dios y gozará de una vida contemplativa en el trabajo activo. Y si sucediera-como sucederá sin duda-el apartarse a esta noble forma de vida, trate el hombre de volver al momento a la misma; y esto lo ha de hacer varias veces, hasta que llegue a ser él como un hábito. Y crea que esto lo conseguirá, más por gracia y dispensación divina, que por alguna industria humana. Y si todo esto le parece demasiado difícil, al menos tienda a buscar hacer, en todas las cosas, lo que sea más agradable a Dios, conforme al modelo de Cristo, útil a sí y al prójimo. Lo cual nos conceda aquel que es bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! En su Contemplación para alcanzar amor (EE 230), San Ignacio presenta sus consejos para poder alcanzar, en cualquier acción de la vida, la contemplación en todas las cosas”. En el punto primero, por ejemplo (EE 234), nos propone la acción de gracias que , de los modos de orar, es el que-junto con la alegría-San Pablo nos propone con más frecuencia(1 Tes 5,17-18, con nota de BJ), como modo de orar y de “contemplar a Dios en todas las cosas”. En el punto segundo(EE 235) nos recuerda: “Como Dios habita en las criaturas, en los elementos dando el ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando a entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando y haciéndose entender; así mismo haciendo templo de mí siendo creado a la similitud e imagen de su divina Majestad.” Más aun, como dice en el punto tercero (EE 236): “Dios trabaja por mí en todas las cosas creadas sobre la haz de la tierra”.Este trabajo de Dios se manifiesta, por ejemplo, en las “mociones espirituales, así como consolaciones y desolaciones y en la agitación de los varios espíritus”(EE 6): son las señas de los llamados del Señor, que podemos conocer en nuestra vida cotidiana discerniendo los “dos pensamientos o espíritus que vienen de fuera, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo”(EE 32) y que se dan en los acontecimientos de nuestra vida.Así es como podemos encontrar, en cualquier cosa que nos sucede, a ese Dios activo en nosotros y en las personas de nuestra vida. Con frecuencia San Ignacio se refiere, en las Constituciones y Cartas, a este tema de “buscar en todas cosas a Dios nuestro Señor”: Por ejemplo, en Const. 288, cuando nos dice: “Todos se esfuercen de tener la intención recta, buscando en todas cosas a Dios nuestro Señor, apartando, cuando es posible, de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Creador de ellas, él en todas amando y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad.” Trata con frecuencia de que “cada uno debe procurar reconocer a Dios nuestro Señor en otro como en su imagen” /Const. 250).Por ejemplo, en la carta 35: “Mirad también nuestros prójimos como una imagen de la Santidad Trinidad, y capaz de su gloria, a quien sirve el universo, miembros de Jesucristo, redimidos con tantos dolores, infamias y sangre suya” (cf. Carta 170, al P. de Boris). O como dice en la carta 66, al padre Brandao, a la 6ª pregunta: “Buscar la presencia de Dios nuestro Señor en todas las cosas, como en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y en todo lo que hiciéremos, pues en verdad que está su divina Majestad por presencia y esencia en todas las cosas.” Llama la atención sobre la importancia de la voluntad de Dios en todo lo que hacemos, de manera que:“No hallen, si es posible, menos devoción en cualquier obra de caridad y obediencia que en la oración, pues no deben hacer cosa alguna sino por servicio y amor a Dios nuestro Señor, y se debe hallar cada uno más contento en aquello que le es mandado, pues entonces no puede dudar que se conforma con la voluntad de Dios nuestro Señor”(Carta 67, al padre Fernández, 6º: cf. Const 340). Recomienda:“Ofrecer a Dios nuestro Señor muchas veces sus estudios y trabajos de ellos(habla a estudiantes; pero lo mismo vale cualquier cosa que uno hace por voluntas de Dios), mirando que por su amor los aceptamos, posponiendo nuestros gustos, para que en algo a su Majestad sirvamos, ayudando a aquellos por cuya vida él murió”(Carta 66, al padre Brandao, a la 6ª pregunta). Recomienda también el esforzarse en “tenerle presente a Dios nuestro Señor, recordando a menudo que todo nuestro corazón y hombre exterior está presente a su infinita sabiduría”(Carta 170, al P. de Bonis). O sea, el ejercicio que recomienda en la Tercera adición, al comienzo de cada momento de oración, “considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etcétera”(EE 75), sintiéndome siempre en todo momento-como es verdad-bajo la mirada del Señor. Varias son, pues, las “industrias humanas” que podemos usar; pero, como vimos decía Santiago de Milán, debemos creer que vamos a conseguir la contemplación en la acción, “más por gracia y dispensación divina, que por alguna industria humana”. Buscar y hallar a Dios en todas las cosas“Hay que encontrar a Dios en todas las cosas” es una de las frases con la que Nadal, gran conocer del espíritu de San Ignacio, ha resumido o recapitulado la experiencia de Dios en la acción, después de haber hecho lo mismo con la experiencia de Ignacio en la acción. Pero, ¿qué quiere decir buscar y hallar a Dios “en todas las cosas”? O sea, ¿Cómo buscar a Dios y hallar no solo en el ambiente calmo y reposado de la oración en soledad _ ¡donde a veces nos cuesta encontrarlo sensiblemente!_, sino también en una vida agitada por los acontecimientos. En nuestra vida – como en la se San Ignacio en pleno siglo XVI -, hay mil problemas de trabajo, de relaciones sociales, de situaciones económicas y políticas, etc., que constituyen la trama ordinaria de cualquier vida cotidiana, sobre todo en las personas que tienen responsabilidades serias respecto de los demás: ahora un llamado telefónico, después una carta que nos surge contestar; ahora un viaje, después una entrevista; y así sucesiva e indefinidamente, los problemas surgen y debemos solucionarlos. Asi es la vida y en medio de esa vida agitada debemos buscar “una sola cosa” (Lc. 10, 42), “un tesoro escondido” (Mt. 13, 44), “una perla preciosa” (ibid., 45-46). ¿Cómo? Lo primero que decimos es que en la frase de Nadal, síntesis del espíritu ignaciano, está latente una concepción activa de Dios que nos conviene explicitar: no se trata solamente de un Dios como lo puede buscar un contemplativo – “ora et labora”, decía San Benito, que alternaba oración y trabajo, pero en todo buscando a Dios -, sino de una búsqueda de Dios que es peculiar y propia del hombre activo. Y a un hombre activo no le interesa tanto el ser de Dios o su esencia, sino su acción en nosotros y en nuestros prójimos. En otros términos – y como dice San Ignacio con frecuencia en los ejercicios, Constituciones y Cartas _, se trata de “buscar y hallar la voluntad de Dios” en nuestra vida (EE 1). Para San Ignacio, es la voluntad de Dios – “la acción del Señor que es Espíritu””, como dice San Pablo en 2 Cor 3, 18 – la que determina que en unos momentos haga oración retirada y en otros – los más durante un dia ordinario – trabaje en bien de los prójimos. Siempre – sea haciendo oración, sea trabajando – San Ignacio busca a ese Dios activo, a esa voluntad Divina que lo guía en todas las cosas que hace, sea en la soledad, sea en el trabajo. Una aproximación a esta manera de “buscar y hallar a Dios en todas las cosas” la podemos lograr si recordamos lo que con frecuencia nos dice: los acontecimientos de la historia son maestros que Dios no da para guiarnos ( la historia es maestra de la vida).¿Cómo nos guía Dios a través de los acontecimientos?Pues de la misma – o análoga – manera como nos guía a través de su Palabra revelada. Tenemos que comprender que los acontecimientos de nuestra vida ordinaria provocan en nosotros acciones encontradas (como nos sucede cuando leemos u oímos la Palabra inspirada, contenida en la Escritura) : nos sentimos contentos o tristes, ansiosos o libres; experimentamos deseos o repulsiones; formamos juicios o tomamos decisiones ( EE 176, “Segundo tiempo para hacer sana y buena elección”). O bien “Dios nuestro Señor – en ese acontecimiento, en esa palabra de la Escritura – así mueve y atrae la voluntad que, sin dudar ni poder dudar, la tal ánima – persona – devota sigue lo que le es mostrado” (EE 175, “primer tiempo para hacer la elección”). O bien, finalmente, “cuando el ánima no es agitada de varios espíritus y uso de sus potencias naturales libre y tranquilamente, razonando cuantas ventajas o provechos se siguen con tener, y por el contrario, los inconvenientes y peligros que hay en el tener” y, luego, razonando los provechos y peligros en el no tener, termina la persona por descubrir la voluntad de Dios (EE 177-178).De estas tres maneras Dios nuestro Señor nos guía – a través de los acontecimientos de nuestra vida o de su palabra inspirada -; pero la que hemos mencionado en primer término – en 3.1- no solo es la más frecuente son también la más olvidad por las personas que llevan vida espiritual. No hay persona espiritual que, cuando siente que Dios “sin dudar ni poder dudar” le pide algo, se lo vaya a negar. Ni hay persona que, cuando pondera las ventajas y desventajas de algo, no siga luego lo que se le manifiesta como más ventajoso o no se aparte de lo que siente como más desventajoso para él. En cambio, la agitación en que nos pone un acontecimiento (acción o palabra, propia o ajena) es a veces – tal vez con demasiada frecuencia – la razón más fuerte para dejar de pensar en ese acontecimiento de nuestra vida.Sin embargo, esa agitación era para San Ignacio muy importante. Tanto que en sus Ejercicios la ausencia de tal agitación era motivo para “mucho interrogar acerca de los ejercicios – u horas de oración -, si los hace a sus tiempos y cómo” (EE 6). Como si San Ignacio estuviera seguro de que el hacer Ejercicios como se debe trae necesariamente a que el ejercitante sienta “mociones espirituales en su ánima, así como consolaciones y desolaciones, y el ser agitado de varios espíritus” (ibid.) ¿Cómo, pues, aprovechar la agitación en que un acontecimiento o Palabra inspirada nos pone, para descubrir a través de ella la voluntad de Dios, descubriendo allí “la acción del Señor que es Espíritu” (2 Cor 3,18)? Lo primero que tenemos que tratar es hacer completamente conciente esa agitación y tratar de determinar con claridad en que momento de nuestra acción u oración se produjo. No debemos pasar por alto cualquier agitación o variedad de espíritu, sino prestar la mayor atención posible a la misma. Es el primer paso para poder aplicar las reglas de discernir ignacianas: sentir intensamente la agitación y caer en la cuenta del momento en que se produjo en nosotros. En segundo lugar, hay que tratar de conocer los espíritus que e ese momento nos mueve en sentido contrario. a. El Espíritu de Dios entra con dulzura y calma: “en los que van de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, suave y levemente, como gota de agua en la esponja” (EE 335). Nos da confianza y ánimo para que avancemos por el buen camino, pues “propio es del buen espíritu dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando impedimentos para que en el bien obrar proceda adelante “ (EE 315). b. Por el contrario, todo lo que nos inquieta, descorazona – sobre todo cuando viene después de una gracia -,nos repliega sobre nosotros mismos (“no te metas”…) – sobre todo, cuando toma forma de una pregunta que nos frena (“¿Quién te mete a redentor..?”)-, no viene del buen espíritu, sino del que le es contrario (del enemigo de la naturaleza humana, como dice con frecuencia. c. A veces la gracia se adelanta y nos inclina, nos atrae hacia algo, nos mueve a la oración o a que digamos o hagamos algo concreto y determinado. Entonces surge en nosotros el mal espíritu y nos desanima, trata de disuadirnos con mil razones falsas (EE 315) e incluso trata de hacernos olvidar la gracia recibida, poniendo impedimentos, inquietando con falsas razones. Pues bien, como decía Nadal: “la desolación o tentación”, cuando viene después de la consolación – o gracia -, suele ser confirmación de la misma. d. A veces el mal espíritu nos pone tensos o tristes pues “propio del mal espíritu es morder y entristecer…” (EE 315). Como dice San Ignacio escribiendo a una monja, el mal espíritu “nos pone tristes, sin saber nosotros porque estamos tristes” (carta 5). Quiere, por así decirlo, alejarnos de lo que estamos haciendo. Pues bien, en esos momentos de desolación: “No hacer mudanza – o sea, no cambiar – mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el dia antecedente a tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación…porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación nos inspira más el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino acertado” (EE 318). En la “variedad de espíritus” (confianza y temor, paz y turbación, alegría y tristeza, etc), Dios nos educa y nos ayuda a discernir y, consiguientemente, a tomar decisiones. Son, pues, momentos privilegiados: no los debemos temer, sino aprovecharlos para encontrar a Dios en todas las cosas. A través de ellos podemos hacernos cada día más sabios y más discretos y, a la vez, podemos hacernos cada vez más capaces de ayudar a los demás. Así es cómo, podemos (buscar y hallar a Dios – o sea – su voluntad en todas las cosas y en todo momento, cuando esto es posible a un hombre, ayudado por la gracia, por ejemplo “en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y en todo lo que hiciéramos” (carta 66, N.6) Podría ser que el momento de “agitación” se nos pase, sin haber prestado atención. Pues bien, podríamos recordar esos momentos en el momento del examen de conciencia y hacer discernimientos sobre ellos, para ver la acción del bueno y del mal espíritu. Como dice la CG 32 a todos los jesuitas y a los que siguen la espiritualidad ignaciana: “El medio recomendado por San Ignacio para que continuamente nos rija el espíritu de discreción espiritual es la práctica cotidiana del examen de conciencia” (Decreto 11 – N.38). La entrada Día 26: Contemplación para alcanzar amor se publicó primero en Podcast.
Apr 11, 2025
37 min
Día 25: Aparición en el Mar de Tiberíades
https://radiomaria.org.ar/_audios/89426.mp3 10/04/2025 – Hoy contemplamos a Jesús en la orilla del mar de Tiberíades. Un Jesús que sorprende con sus gestos, es el mismo, pero se ve distinto. Hoy aparece como sentado a la orilla del lago preguntándole a los discípulos algo que resulta hiriente para un pescador que pasa toda la noche intentando pescar sin resultado alguno. Jesús, que sabe de los deseos de ellos y sus anhelos, les da una indicación para que puedan encontrarse con aquello que estaban buscando”, nos dice el padre Javier. Después de esto, nuevamente se apareció Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se hizo presente como sigue: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.» Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces. El discípulo de Jesús al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca -de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces. Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y no se rompió la red a pesar de que hubiera tantos. Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. San Juan, 21 ¡Es el Señor! En los relatos pascuales de los Evangelios hay algo de este juego: el Resucitado aparece repentinamente «bajo otra figura» a dos discípulos, como dice Marcos (16,12), se acerca bajo la apariencia de un peregrino a los de Emaús (Lc 24,15) o de un jardinero a María Magdalena (Jn 20,11-15). El resucitado aparece como quien desaparece. Es el mismo Jesús, pero no es lo mismo.La nueva presencia abre los ojos de los discípulos; les hace ver y entender de una manera nueva. Les hace pasar del miedo y de la duda a la confianza. Los discípulos creen que es un fantasma, pero la nueva presencia abre los ojos a una nueva dimensión. El nuevo modo de estar de Jesús ubica la relación del discípulo con el maestro. La muerte ha sido vencida por la fuerza de la vida. Él nos hace ver y entender la vida y su sentido de una nueva manera, por eso es el mismo pero distinto, está como en un estadio diferente. La presencia del Señor abre los ojos a una mirada nueva: la paz y la alegría son las características que lo identifican. Quizás Juan lo reconoció por esa paz y alegría de sacar tantos peces luego de una noche infructuosa. El Señor les trae paz, alegría y les abre la mirada a lo nuevo. ¿Tienen algo para comer? Traigan algo de lo que sacaron. Es en el compartir donde el Señor nos va a abriendo el corazón a lo nuevo, animándonos a dejar atrás lo que quedó. Que eso sea lo que te haga ir de una manera distinta hacia el escenario nuevo. El Señor es realmente el que se manifieste. ¿Cómo descubrimos que es Él? Por la paz, por la alegría, por el orden, por la dinámica, por el sacudón interior que nos da su presencia.La paz y la alegría que regala Jesús es el tránsito de no reconocer a reconocer, de confundirlo con un fantasma a pasar a reconocer su carne… En la escena del lago (Jn 21,1-14), la fatiga estéril de los pescadores en la noche es su manera de experimentar la ausencia de un Jesús que se esconde. El «no» con que responden a la pregunta del desconocido que está en la orilla y pregunta: «Muchachos, ¿tienen pescado?», resume una situación cerrada, y casi les arranca una confesión de conciencia desdichada de la que no parece haber salida. El “tiren su red a la derecha” los abre a un escenario diferente y allí se manifiesta: Él está con ellos y también está con nosotros. La palabra esconde un estado de ánimo en el que ellos se encuentran, que es oscuridad, sin sentido, vacío…. es la noche en medio del lago y ellos están buscando al maestro sin saberlo. El primer encuentro que tuvieron tiene que ver con el lago y la pesca, “yo te haré pescador de hombres” le había dicho a Simón. El Señor se hace presente, ahora, con una indicación: “tiren la red a la derecha”. Y “sacaron tantos peces que no podían ni levantar la red”, que representa la sobreabundancia. Inmediatamente el discípulo amado dice “es el Señor”, lo reconoce porque sólo Jesús tiene ese estilo de pesca. Los lugares nuevos se identifican en un proceso. Es como el paso de la noche oscura a la salida de la aurora que comienza a abrirse paso. Así podemos descubrir esa realidad en nosotros mientras vamos caminando a lo nuevo. A través de la pesca sobreabundante, Jesús pone un sol en los pescadores cansados y desolados. Nuestras noches tienen nombres y situaciones concretas, y allí, aparece una luz con la que el Señor nos invita a lo nuevo. Es Jesús en la carne de los pobres el que nos marca un camino distinto, que es Jesús el mismo de siempre, pero distinto. Es su presencia la que se impone sin violentar ni hacer fuerza, por propio peso. Es la luz de Cristo la que nos lleva a un nuevo territorio. No necesita explicación, sino coherencia, ponernos de rodillas frente a la carne de Cristo. Así, con señales muy sencillas, Él nos muestra que es Él vivo y Resucitado. Una luz comienza a despuntar El amanecer acompaña la presencia de Jesús en la orilla y el dato de la luz nos introduce en una situación nueva y abierta: comienza el día, se escucha una palabra y la red desborda de peces.La luz llega a los ojos de Juan y le hace salir de la oscuridad y entrar en el reconocimiento: «¡Es el Señor! » (Jn 21,7). Pedro salta al agua porque reconocer en Israel no pertenece sólo al ámbito de la inteligencia, sino que afecta y compromete la vida entera: conocer al Señor es conocer su interpelación, es entrar en una relación de obediencia rendida. El final de la escena refleja la situación transfigurada: el trabajo se ha vuelto fecundo, los discípulos se reúnen en torno a aquél que ha congregado su dispersión y ha vuelto a reunirlos en una comida fraterna. La conversión a la que convoca la Pascua está insinuada en un verbo ya familiar: «Ninguno se atrevía a preguntarle: ¿quién eres?, porque sabían que era el Señor. «Es gloria de Dios ocultar un proyecto, es gloria de reyes descubrirlo» (Proverbios 25,2). La novedad de la Pascua va más allá del viejo proverbio: la verdadera gloria está en acoger con asombro agradecido al mismo Dios, que se hace encuentro pero no como fruto del esfuerzo de nuestra búsqueda, sino como un regalo inmerecido. Vida plena para todos Es esta experiencia profunda de Jesucristo, que irrumpe en nuestras vidas, lo que convierte la misión en un compromiso con la vida es la gracia de estar en presencia de la Resurrección. Es un compromiso que no nace de una obligación, sino de una experiencia de encuentro. El Señor nos envía desde el lugar donde nos halló y nos regaló luz, nos sirvió la mesa y nos partió el pan. Es el Señor el que nos resucita y nos invita a ir junto a muchos hermanos y decirles “ánimo! El Señor está cerca”. Que esta Resurrección llegue a cada ambiente en donde estamos sea en la familia, en el trabajo, en los amigos… que Él nos llene de vida nueva. Padre Javier Soteras La entrada Día 25: Aparición en el Mar de Tiberíades se publicó primero en Podcast.
Apr 10, 2025
35 min
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