
Hojas, John Updike (1932-2009) Desde mi ventana, las hojas de la vid poseen una extraña belleza. “Extraña” porque me parece raro que las cosas sean bellas —después de la prolongada oscuridad de introspección, miedo y vergüenza en que he estado viviendo—, que al margen de nuestras catástrofes conserven la precisión casual, la fácil abundancia de “efecto” inventivo, carácter y especificidad de la Naturaleza. Esta mañana distingo con nitidez que la Naturaleza se puede definir como lo que existe sin culpa. Nuestros cuerpos están en la Naturaleza; nuestros zapatos, sus agujetas, sus pequeñas puntas de plástico; todo lo que se halla a nuestro alrededor, en nuestro entorno, existe en la Naturaleza; sin embargo, algo nos aparta de ella, del mismo modo en que un brote de agua nos impide tocar el fondo arenoso, acanalado y resplandeciente, con fragmentos de media luna de conchas de ostras, tan claros a nuestros ojos. Un grajo azul se posa en una rama afuera de mi ventana. De momento firme, se detiene a horcajadas, su rabo sucio hacia mí, su cabeza vigilante congelada en una silueta, la curva predatoria del pico impresa en un cielo casi blanco sobre el pantano brumoso y atezado. ¿Lo ves? Yo sí y, captando rápidamente el hilo de mis pensamientos, he atravesado el cristal, lo he atrapado y estampado en esta página. Ahora se ha ido. Y sin embargo, ahí, unas cuantas líneas arriba, aún se encuentra “a horcajadas”, su rabo “sucio”, su cabeza vigilante “congelada”. Un truco curioso, tal vez inútil, pero mío. Las hojas de la vid, justo donde están —no en la sombra de cada una— son doradas. Hojas lisas que toman el sol directamente y convierten la luz absoluta, suma del espectro y fuente de toda vida, en el crayón amarillo con el cual los niños la evocan. Aquí y allá, lo seco transforma este resplandor ajeno en un naranja brillante; y el verde de las tiernas hojas quietas -porque si observamos, el verde persiste ya muy entrado el otoño- filtra de la luz solar un chartreuse finamente nervado. Las sombras de unas hojas sobre otras —si bien errantes y nerviosas con el viento que emite al barrerlas sonidos afables que se escabullen por el techo— son muy variadas y definidas; contienen innumerables insinuaciones salvajes de cimitarras, lanzas afiladas, púas y cascos amenazantes. No obstante, el efecto neto está libre de amago. Por el contrario, su intrincada sugerencia simultánea de refugio y de llaneza, calor y brisa, me invita al exterior; mis ojos se aventuran a las hojas que se encuentran más allá. Estoy rodeado de hojas. Las del roble, garras tenaces de moho púrpura; las del olmo, escasas plumas de un amarillo femenino, las del zumaque, un rubor dentado y salvaje. Me mantengo erguido en un sereno y ardiente universo de hojas. Sin embargo, algo me arroja hacia atrás, me devuelve a esa oscuridad interna donde la culpa es el sol. Los hechos necesitan definirse. Me dicen que fui cruel y me tomará tiempo integrar esta impresión unánime a la probabilidad descalificada con la cual nuestros propios actos, si bien abiertamente equivocados, se revierten ellos mismos. Una vez que se ordenen los sucesos -se den incentivos a las acciones, se asignen psicologías a los actores, se tabulen los errores, se nombren las anormalidades; una vez que se pode todo el crecimiento furioso, descuidado, con explicaciones arraigadas en la historia, y sea devuelto, tal cual, a la Naturaleza- ¿entonces qué? ¿No es ilegítimo este retorno? ¿Pueden nuestros espíritus realmente penetrar al refugio de mortalidad del Tiempo y hundirse con serenidad entre el abono de hojas y de estiércol? No: nos erguimos en la intersección de dos reinos y no hay avance ni retroceso, sólo el filo de la orilla donde permanecemos de pie. Recuerdo con nitidez el negro del vestigio de mi esposa cuando dejó nuestra casa para obtener el divorcio. El vestido era una suave funda negra, de cuello en V y con el cual Elena siempre se veía...
Jul 7, 2020
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Increíble cuento de H. D. Laurence (1885-1930)
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May 11, 2020
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Transcribimos en La Máquina de Narrar este cuento póstumo de R. Bolaño. EL SECRETO DEL MAL(El secreto del mal, 2007, póstumo, Anagrama) Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final. Es de noche en París y un periodista norteamericano está durmiendo. De pronto suena el teléfono y alguien, en un inglés sin acento de ninguna parte, le pregunta por Joe A. Kelso. El periodista responde que es él y luego mira el reloj. Son las cuatro de la mañana y no ha dormido más de tres horas y está cansado. La voz al otro lado del teléfono le dice que tiene que verlo para transmitirle una información. El periodista pregunta de qué se trata. Como suele suceder con este tipo de llamadas, la voz no suelta prenda. El periodista le pide, al menos, una pista. La voz, en un inglés correctísimo, mucho mejor que el de Kelso, le dice que prefiere verlo personalmente. De inmediato, añade, no hay tiempo que perder. ¿En dónde?, inquiere Kelso. La voz menciona un puente de París. Y añade: En veinte minutos puede llegar caminando. El periodista,que ha tenido cientos de citas semejantes, contesta que en media hora estará allí. Mientras se viste piensa que es una manera bastante torpe de arruinarse la noche, pero al mismo tiempo se da cuenta, con un ligero asombro, de que ya no tiene sueño, que la llamada, pese a su previsibilidad, lo ha desvelado. Cuando llega al puente, cinco minutos más tarde de lo convenido, sólo ve coches. Durante un rato permanece quieto en un extremo, esperando. Luego cruza el puente, que sigue solitario, y tras aguardar unos minutos en el otro extremo finalmente vuelve a cruzarlo y decide dar por concluida la noche y volver a casa y dormir. Mientras camina de regreso a casa piensa en la voz: no era un norteamericano, de eso está seguro, tampoco era un inglés, aunque eso ya no podría asegurarlo. Tal vez un surafricano o un australiano, piensa, o puede que un holandés, o alguien del norte de Europa que aprendió inglés en la escuela y que luego lo ha ido perfeccionando en distintos países angloparlantes. Cuando cruza una calle oye que alguien lo llama. Señor Kelso. De inmediato se da cuenta de que quien lo ha llamado es la persona que lo ha citado en el puente. La voz sale de un zaguán oscuro. Kelso hace el ademán de detenerse, pero la voz lo conmina a seguir caminando.
Cuando llega a la siguiente esquina el periodista se da vuelta y ve que nadie lo sigue. Está tentado a volver sobre sus pasos, pero tras vacilar un instante decide que lo mejor es continuar su camino. De pronto un tipo surge de una bocacalle y lo saluda. Kelso devuelve el saludo. El tipo le tiende una mano. Sacha Pinsky, dice. Kelso estrecha su mano y dice, a su vez, su nombre. El tal Pinsky le palmea la espalda. Le pregunta si le apetece tomar un whisky. En realidad dice: un whiskycito. Le pregunta si tiene hambre. Asegura conocer un bar abierto a esa hora que vende croissants calientes, acabados de hacer. Kelso lo mira a la cara. Pinsky lleva sombrero pero aun así se puede apreciar una jeta blanca, pálida, como si hubiera estado muchos años recluido. ¿Pero en dónde?, piensa Kelso. En una cárcel o en una institución para enfermos mentales. De todas maneras, ya es tarde para echarse atrás y los croissants calientes seducen a Kelso. El local se llama Chez Pain y pese a estar en su barrio, si bien en una calle pequeña y poco frecuentada, es la primera vez que entra y posiblemente la primera vez que lo ve. Los establecimientos a los que suele acudir el periodista están, en su mayoría, en Montparnasse y son lugares aureolados con una cierta ambigua leyenda: el bar donde comió alguna vez Scott Fitzgerald, el bar donde Joyce y Beckett bebieron whisky irlandés, el bar de Hemingway y el bar de John Dos Passos y el bar de Truman Capote y Tennessee Williams.En Chez Pain los croissants son, efectivamente, buenos y están recién...
May 6, 2020
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Hermoso y conmovedor cuento de John Cheever en La máquina de narrar.
May 6, 2020
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UNA SENCILLA INDAGACIÓN Fuera, la nieve estaba más alta que la ventana. La luz del sol se filtraba por el cristal y daba en un mapa clavado a la pared de pino de la cabaña. El sol estaba alto y la luz entraba por encima de la capa de nieve. A lo largo del lado abierto de la cabaña habían cavado una trinchera, y el sol, en días claros, daba en la pared y reflejaba el calor en la nieve, ensanchando la trinchera. Era finales de marzo. El comandante estaba sentado a una mesa apoyada contra la pared. Su asistente estaba sentado a otra mesa. En torno a los ojos del comandante había dos círculos blancos, señal de las gafas de sol que le protegían la cara del reflejo de la luz en la nieve. El resto de la cara se le había quemado, luego bronceado, y de nuevo quemado a través del bronceado. Tenía la nariz hinchada y pellejo suelto donde antes se le habían formado ampollas. Mientras trabajaba con sus documentos metió los dedos de la mano izquierda dentro de un platillo de aceite y se lo esparció por la cara, rozándose muy suavemente con la punta de los dedos. Iba con mucho cuidado al meter lo dedos en el borde del platillo para que cada uno solo cogiera una película de aceite, y después de haberse acariciado la frente y las mejillas, se acariciaba la nariz muy delicadamente entre los dedos. Cuando hubo acabado se puso en pie, cogió el platillo de aceite y se metió en la pequeña habitación de la cabaña en la que dormía. —Voy a dormir un rato —le dijo al ayudante. En ese ejército un asistente no es un oficial—. Ya terminarás tú. —Sí, signor maggiore —contestó el ayudante. Se reclinó en su silla y bostezó. Sacó del bolsillo un libro forrado con papel de periódico y lo abrió; luego lo colocó sobre la mesa y encendió la pipa. A continuación cerró el libro y volvió a metérselo en el bolsillo. Tenía demasiado papeleo que hacer. No podría disfrutar de leer hasta que acabara. Fuera, el sol se escondió detrás de una montaña y ya no hubo más luz en la pared de la cabaña. Entró un soldado y metió algunas ramas de pino, cortadas en longitudes irregulares, dentro de la estufa. —No hagas ruido, Pinin —le dijo el ayudante-. El comandante está durmiendo. Pinin era el ordenanza del comandante. Era un muchacho de tez oscura, y cargó la estufa, metiendo la leña con mucho cuidado, cerró la puerta y regresó a la parte de atrás de la cabaña. El ayudante siguió con su papeleo. —Tonani —llamó el comandante. —Signor maggiore? —Haz venir a Pinin. —¡Pinin! —gritó el ayudante. Pinin entró—. El comandante quiere verte —dijo el ayudante. Pinin cruzó la habitación principal de la cabaña hacia la puerta del comandante. Llamó a la puerta entreabierta. —Signor maggiore? —Entra —oyó el ayudante que decía el comandante— y cierra la puerta. Dentro de su habitación, el comandante estaba echado en una litera. Pinin se quedó de pie junto a la litera. El comandante apoyaba la cabeza en una mochila que había llenado con ropa para formar un almohadón. Su cara larga, quemada y untada con aceite miraba a Pinin. Tenía las manos sobre las mantas. —¿Tienes diecinueve años? —Sí, signor maggiore. —¿Alguna vez has estado enamorado? —¿A qué se refiere, signor maggiore? —A si has estado enamorado... de una chica. —He estado con chicas. —No es eso lo que te he preguntado. Te he preguntado si has estado enamorado... de una chica. —Sí, signor maggiore. —¿Estás enamorado de ella ahora? No le escribes. He leído todas tus cartas. —Estoy enamorado de ella —dijo Pinin—, pero no le escribo. —¿Estás seguro? —Estoy seguro. —Tonani —dijo el comandante con el mismo tono de voz-, ¿oyes lo que estoy diciendo? Nadie le respondió. —No puede oírme —dijo el...
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Un maravilloso cuento de James Joyce, de su libro “Dublinenses” (1914).
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