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Nuestra verdadera identidad no está en nuestro trabajo, en nuestra riqueza o en nuestros logros, sino en quiénes somos en Cristo. Somos hijos de Dios, herederos del Reino y coherederos con Cristo. Esta es nuestra realidad eterna, y es la que nos da un propósito inquebrantable, incluso en los momentos de mayor incertidumbre.



