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Las recientes palabras de José Antonio Kast, minimizando la relevancia del Congreso, reabren un debate tan urgente como incómodo: ¿hasta dónde estamos dispuestos a ceder poder con tal de sentirnos seguros? Bukele exhibe calles tranquilas, pero a costa de libertades recortadas, presos sin juicio y un Estado sometido a un solo hombre. Chile ya vivió lo que significa concentrar el poder y silenciar a la pluralidad. La pregunta hoy no es sobre Kast, ni siquiera sobre Bukele: es sobre nosotros. ¿Queremos eficacia a cualquier costo, aunque el precio sea la democracia misma?



