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Después de la caída y expulsión del hombre en Eden, se abrió un abismo entre el hombre y Dios; un abismo tan grande como el que hay entre el pecado y la santidad de Dios. Para el hombre es imposible atravesar este abismo para reencontrarse con Dios, pero el amor de Dios por la humanidad es tan grande que mueve a Dios a buscarnos tendiendo puentes de comunicación. Usando angeles, profetas, sacerdotes, reyes, pero en Cristo el puente es seguro y confiable.

