Show notes
La comida propia es sinónimo de placer, pero también de pertenencia. Cada plato tiene un significado, cada sabor es un lugar –una persona o un tiempo– al que uno regresa. Cada ingrediente es una amalgama. Todos los exiliados con un origen común pueden reconocerse en la comida. De ahí que el arte culinario, sobre todo en el contexto de una diáspora, es una manera de reinventar una pertenencia. ¿Se puede reconstruir el país con un bocado? ¿Qué conexiones y hallazgos puede hacer el paladar de un inmigrante?



