Para entrar al cielo se necesita ser santo. No hay otra opción. Muchas veces pensamos que los santos son solo aquellos que se representan con una aureola, con una estatua en una iglesia, que tienen su nombre en el calendario y aparecen en una estampita con una oración por detrás. Esos, los santos canonizados, por su vida virtuosa y su ejemplar amor a Dios y a su prójimo, nos sirven no solo como intercesores sino también como modelos para seguir a Jesucristo, cada uno según su vocación y su estado de vida.
Tan importante es esto que el Papa Francisco nos ha regalado una exhortación apostólica Gaudete et Exsultate en la que reflexiona acerca del llamado a la santidad en el mundo contemporáneo
Pero, ¿Qué hicieron los santos con sus defectos? Pues todos fueron de carne y hueso.
En los evangelios veo aquellos Doce en quienes se fijó Jesús y escogió tras una larga noche de oración. No eran al principio muy admirables que digamos: su fe, vacilante; su esperanza, desconfiada; su amor, mezquino; su constancia, poca; sus debilidades, muchas; su jactancia, excesiva; sus ambiciones, no menos que las farisaicas; sus cobardías, para dejar solo a Jesús a la hora de la hora; su ignorancia, demasiada… hasta que llegó el Espíritu. Ese castillo de arena que levantó Jesús se transformó entonces en un palacio de piedra. El barro se transformó en roca y la muerte se hizo vida. Eso me anima. Si puedo parecerme a los Apóstoles en su flaqueza, con la gracia de Dios puedo también acoger su Espíritu Divino y dejarme transformar.
@peregrino_misionero
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