Show notes
Siempre existe la posibilidad de perdonarse a uno mismo no tener la capacidad o las ganas de perdonar al otro. Me perdono a mi mismo, sentidamente. Es a partir de ese perdón distinto en que esa persona y ese evento dejan de “alquilar espacio” en mi cabeza. Es una manera de ir provocando el duelo y trascendiendo lo ocurrido. Uno no perdona porque el otro lo merezca, sino porque decide y elije avanzar. A través del odio que me genera, el ofensar adquiere poder sobre mis pensamientos, emociones y, al final, de mi vida.

