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Hanns Millot perdió las piernas por las drogas, pero lo que más le duele es lo que las drogas le quitaron como padre: la oportunidad de enseñar a sus hijos a andar en bici, a nadar o a jugar fútbol. Su historia —marcada por la ausencia de amor familiar, la adicción y el abandono— se convirtió en un llamado urgente a la responsabilidad afectiva de madres y padres.
Hoy, desde su trinchera, Hanns rescata a niñas embarazadas, niños con VIH y jóvenes sin rumbo, porque sabe que el dolor no se combate con objetos, sino con amor real y presencia.
Este episodio incomoda, sacude y conmueve. Porque no basta con proveer: hay que criar, acompañar y amar con acciones. Una conversación que todos los padres deberían escuchar, antes de que sea tarde.



