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Muchas veces creemos que dar fruto es hacer más, esforzarnos más o intentar hacerlo mejor.
Pero hoy aprendimos algo clave: en la vida en Cristo, el fruto no nace del esfuerzo, sino de la permanencia.
Jesús se presenta como la Vid verdadera, el Padre como el Labrador y nosotros como las ramas. En ese proceso, Dios corta, levanta y poda con un solo propósito: llevarnos a una vida que dé fruto en abundancia. Esta enseñanza nos invita a revisar en qué estamos confiando y a recordar que cuando permanecemos en Cristo, el fruto llega y toda la gloria vuelve al Padre.



