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La imagen de dirigentes municipales del Partido Comunista de Cuba (PCC) aplaudiendo el triunfo electoral de Joe Biden ofrece una muestra del sentimiento predominante en ámbitos del tardocastrismo, saturado de oportunistas y mentecatos, pero unidos en el pánico cerval que sienten ante el avance de la pobreza y desigualdad impuestas por su comunismo de compadres. La victoria de Biden -una vez sea proclamado oficialmente- es una oportunidad para la oposición y la sociedad anticastristas de pedir que la política de Estados Unidos hacia Cuba sea resultado de un consenso entre demócratas y republicanos y que la Casa Blanca y el establishment contribuyan a que los cubanos puedan elegir entre candidatos de varios partidos, trabajar libremente en la creación de riqueza y bienestar, que permitan proteger a los más pobres, y que cesen la emigración, el inxilio y los destierros selectivos. La solución a la crisis estructural cubana, incluida la carencia de legitimidad del tardocastrismo, agravada por la mediocridad petulante de varios dirigentes y la excesiva militarización, pasa por una fórmula Made in Cuba, transitando de la ley a la ley y alejándose de cualquier tentación infantil de que un mandatario extranjero, por muy poderoso que sea, deba resolver los problemas de la nación. Opositores, intelectuales, activistas y periodistas independientes, y los congresistas y senadores norteamericanos de origen cubano deben trabajar por poner a Cuba de moda en Washington, Nueva York y Los Ángeles; como ya ocurrió con Obama; aprovechando la voluntad política del dúo Biden-Harris, pero haciendo ver que detrás de la pobreza fotogénica de almendrones y rumberos, malvive unan nación destruida y un pueblo noble llora en silencio su desventura y, sobre todo, que la mayor contribución a la democracia y felicidad de los cubanos, pasa por firmeza democrática frente a la dictadura y solidaridad con los perseguidos. Una vez que Biden tome posesión del Despacho Oval, hay que refrescar su memoria democrática con las imágenes del tardocastrismo agrediendo al entonces presidente Obama, tras su discurso en el Gran Teatro de La Habana, que apendejó a Raúl Castro Ruz; y exigir que se aclaren los ataques sónicos contra diplomáticos de Estados Unidos y Canadá. La oposición y la sociedad anticastrista deben apoyar la restauración de aquellas medidas que beneficien directamente a los cubanos, incluidos los emigrados, pero exigir igual trato que el dispensado por Trump a la casta verde oliva y enguayaberada para impedir que sigan enriqueciéndose administrando la penuria colectiva y obstaculizando una transición a la democracia. La demanda democrática cubana no chocaría con los naturales intereses norteamericanos de seguir manteniendo relaciones de colaboración con La Habana en los ámbitos de lucha contra el narcotráfico y la trata de personas; desastres naturales como el ciclón que acaba de golpear el centro de Cuba; rescate y salvamento marítimo; protección medioambiental del Golfo de México y las reuniones mensuales entre guardias de ambas orillas en torno a la Base Naval de Guantánamo. El binomio Biden-Harris posibilitará una jubilación tranquila de Raúl Castro Ruz y demás fósiles del poder; pero también es una oportunidad para que el sector reformista del castrismo, incluidos generales y doctores, den un pasito alante, varón y pidan el cese de la represión interna y establezcan canales de diálogos con la oposición dentro y fuera de Cuba que -comenzará con recelos mutuos y algunos gritos- pero hablando se entiende la gente. Una Cuba democrática sería la mejor aliada de Estados Unidos en tiempos de grandes retos porque rompería la colaboración antinorteamericana -que no las relaciones diplomáticas- con Corea del Norte, Rusia, Irán y China y usaría el prestigio de La Habana en el Tercer Mundo a favor de la libertad, la generación de riqueza y la igualdad de oportunidades. Cuba no ser...

